Cani acaba con la farsa de Soláns

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De un tiempo a esta parte, los mejores jugadores del Real Zaragoza se han ido marchando año a año con el estigma de ser unos peseteros desagradecidos, a los que nos les animaba otro afán que el dinero. La versión oficial, casi siempre manejada por Jerónimo Suárez, el fiel escudero de Soláns, era que había que venderlos porque pretendían sangrar al club como sanguijuelas. De Gustavo López y Kily se dijo que eran malas personas, puros mercenarios. Y algo parecido sufrieron Morientes, Milosevic, Galletti o Villa. O eran ellos los que habían forzado su marcha o se habían dejado manipular por sus representantes, todavía más voraces en el reparto del pastel.
Y para no perder la costumbre, ese muerto también se lo han querido cargar ahora a Cani. Ningún otro presidente de la historia del Zaragoza se hubiera atrevido a traspasar al Niño al Villarreal, pero a Soláns, en pleno proceso de venta del club, le han importado muy poco los sentimientos comunes de todo el zaragocismo. En realidad, jamás le han importado. Ha vendido a todos los jugadores que ha podido, sin medida ni pudor, para más tarde arrojarlos a los leones. Pero Cani es diferente, porque es aragonés y zaragocista, y porque su familia vive allí. Y no ha tragado con la nueva farsa. Está claro que no se ha ido, lo han vendido.



