La última lección de Di Stéfano

La grandeza de las personas se mide por su talento y por su humildad. Alfredo Di Stéfano, que cumplirá 80 años el 4 de julio, está sobrado en ambas cualidades. En la inauguración de su estadio (en vida, como debe ser) dejó dos perlas. La ingeniosa: "Voy a decir sólo unas letras porque el partido empieza rápidamente..." y la que ratifica su corazón de acero: "Doy gracias al Real Madrid por haberme dejado formar parte de su historia". Si este club legendario tuviera piernas y brazos, abrazaría a La Saeta y le haría una confesión a su oído: "Alfredo, qué bueno que viniste".
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En este maravilloso estadio (Manolo Redondo ha concebido una instalación modélica), que permitirá al Castilla animar las tardes de los sábados, nada mejor que deleitarse en su estreno con dos canteranos de primera, aunque jueguen en Segunda. Jurado y Soldado. Soldado y Jurado. Sus tres golazos constituyeron una proclamación a gritos para exigir con pleno derecho formar parte de la plantilla del primer equipo la próxima temporada. Si yo fuera candidatable para las próximas elecciones no lo dudaría. Cantera, cantera y cantera.
Jurado es un clon de Martín Vázquez. Exquisito. Soldado me recuerda a Losada, pero con la fuerza añadida de cien bueyes. Su chilena fue digna de Hugo Sánchez, que le aplaudió desde la grada. Fue una noche bella, en la que Zidane dibujó sus últimos retazos en Madrid y en la que Cassano metió sus últimos goles de blanco (es una intuición). Como me dijeron mis paisanos de Herencia al término de la velada, "Tomás, Cassano ha tardado mucho en querer justificar su injustificable fichaje". Ciao, Antonello. Bienvenidos, Jurado y Soldado. Hasta siempre, maestro Zidane. Hasta la eternidad, don Alfredo. Usted ha logrado que este club sea un orgullo para millones de personas.



