Algo para presumir en la vejez
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Cuando Pablito, mi peque de tres años, cumpla dieciocho, no tendrá su padre batallitas de la mili para contarle. Le sentará junto a él y le explicará, presumiendo cuanto pueda, que vio jugar en el Real Madrid a un futbolista francés que se llamaba Zidane. Que fue el más habilidoso con el balón después de uno llamado Maradona, más antiguo aún, y más completo que otro al que se conocía por Ronaldinho, de la misma época, pero jugaba en el Barça. Pablito se enterará de que Zidane manejaba las dos piernas con el balón dejando asombrado al Bernabéu, tocando la pelota con tanta elegancia que los rivales se rendían ante tal exhibición de talento. Le diré que lucía el cinco a la espalda, pero que jugaba por todo el campo, sin quejarse, comprometido, entregado y con un pelín de mala leche, como les ocurre a los genios.
Pablito escuchará a su padre contarle con el orgullo de haberlo vivido que ese francés marcó un gol que hizo soñar a millones de personas. Fue en Glasgow el día que el Madrid ganó la Novena Copa de Europa. Le diré: "Mira, el balón se lo pasó muy alto un brasileño bajito que se llamaba Roberto Carlos, otro crack universal, y cayó desde más de doce metros para que Zidane lo empalmara con la izquierda a la escuadra. Hijo mío, aquél gol me hizo llorar de emoción y envidia. Y en mayo del 2006, hace quince años, aquél futbolista tuvo la honradez de dejarlo todo cuando todavía era una estrella. Qué pedazo de futbolista y de persona". Será mi batallita preferida para contar en la vejez.



