Lágrimas de Ruiz Sosa y gol de Triana
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Lloraba Manuel Ruiz Sosa, el medio centro internacional de Coria que en los años 60 era tan necesario para el Sevilla y el Atlético de Madrid como el balón para el partido. Lloraba Manolito Ruiz Sosa a la luz de la Feria, en la caseta de la Peña Al Relente, horas antes del partido, lloraba de emoción, como lloran los hombres, porque ya sabía que su Sevilla, los que son sus herederos, se metía en la final de Eindhoven, la ciudad de la Philips. Las lágrimas de emoción de Ruiz Sosa cruzaban el Guadalquivir, entre Coria y Triana: de Coria salieron y en Coria crecieron para el Sevilla futbolistas como el mismo Ruiz Sosa, Pato Araujo, Marcelo Campanal, Herrera I, Enrique Lora... y en Triana, en el Triana Balompié de los años 60, empezó a gestarse el temple de Antonio Puerta, el purasangre que anoche conectó el zurdazo de su vida: Añoño, el padre de Puerta, fue un fino delantero en el verdiblanco Triana Balompié. Se echó novia en Nervión. Y allí se quedó.
Añoño, que se juntaba en el Triana con Cristo, Demetrio, Quino y Bizocho, tuvo un niño de Nervión que creció en el Sevilla y para el Sevilla en los potreros de la Ciudad Deportiva que cuidan Pepe Alfaro, Ruiz Sosa, Pablo Blanco, Monchi: la cantera del Sevilla, su mejor joya. Y, cuando lloraba lágrimas sevillistas, al sol rojo de Al Relente, Ruiz Sosa recordaba así al gran Fernando Guillamón: "el lateral con más llegada que he visto". Era que su corazón sevillista ya le decía que el gol del triunfo lo iba a meter el hijo de Añoño: entre Coria, Nervión y Triana.




