Los deberes y el examen de R. Garros
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En el mundo ocre de la tierra batida (aunque en EE UU, las pistas de tierra, clay courts, son mayormente de un gris verdoso), la frase que define la temporada terrícola es así de gráfica: "Se trata de hacer los deberes para Roland Garros". No hay otra. Pero, además, en estos duros combates rojizos hay que ir con mucho tiento: bolas liftadas van y vienen con pesado efecto topspin, ese diabólico efecto tornillo que te sube a las barbas la bola eléctrica de Rafa Nadal. Paradójicamente, no puedes subir la rosca ni un palmo, cara al maratón de partidos a cinco sets que programa el calendario del Grand Slam de París. Aunque los títulos valen lo que pesan, lo que los especialistas quieren y valoran es llevar los deberes perfectamente hechos ante la reválida que aguarda en el parisino Bosque de Bolonia: que este año tiene la primera jornada en domingo. El 28 de mayo, para ser exactos. Ahí empiezan los exámenes.
Examen para la Armada española y para los que, como el mismo Federer, tienen pendiente la eterna cuenta de la tierra batida. Otros, ni se lo plantean. El año pasado, en Wimbledon, se le recordó a Lleyton Hewitt su demoledora racha de victorias ante los españoles, Nadal incluido. "Tuve suerte de que me perdí la temporada de tierra batida", fue la sarcástica respuesta de Lleyton, también conocido como Rusty o Satán. Y al fin, dejémonos de historias: el examen final del ciclo de tierra batida que el mundo sueña en París es el Niño Nadal frente a frente con el Catedrático Federer. Y punto.




