El espíritu eterno de Don Ladrillo

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El Cádiz que presidía Manuel de Irigoyen sólo se parece al de Antonio Muñoz en un aspecto: se aferra al milagro salvador; más que como esperanza, como modus vivendi. Es como decir que los cadistas no pueden sobrevivir de manera desahogada. Tienen que sufrir o dejaría de tener sentido el mítico apelativo de Submarino Amarillo. En lo demás, nada que ver. El Cádiz actual está consolidando unas estructuras internas con elevados índices de modernidad, impensables antaño, cuando el recordado y añorado Don Ladrillo tenía que tirar de desparpajo y don de gentes para conseguir que la centralizada Federación Española de Fútbol tuviera en cuenta a su Cádiz y le otorgase la oportunidad de una histórica y hoy inverosímil 'liguilla de la muerte'.
Si echamos un vistazo a las seis temporadas anteriores a la actual cuando el Cádiz estuvo en Primera, llegamos a la esperanzadora conclusión de que, excepto en la campaña 87-88 (con Víctor Espárrago en el banquillo), su clasificación era igual o más desesperada que la actual. En 1991 y 1992 estaba absolutamente descendido y, de manera mágica e inesperada, se libró del descenso directo ganando de manera dramática dos promociones, o remontando, con el espíritu indomable de carismáticas vacas sagradas, situaciones clasificatorias mucho más complicadas. Aquel Cádiz, de profesión 'sus milagros', tenía hambre de salvación, era una piña, sus jugadores iban juntos de fiesta, a comer o a cenar. Tenía espíritu. Este es el camino para no descender.



