Sin los genios, no veré más fútbol

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En el verano de 1994, una tarde como otra cualquiera me quedé hipnotizado por los armónicos movimientos de un 5, una media melena y un balón pegado a un pie izquierdo.

Resultó que las tres cosas pertenecían a la misma persona, a un jugador del Tenerife que, por lo visto, iba a fichar nada más y nada menos que por el Real Madrid y resultó que aquella imagen de ese tipo con tres contrarios cayendo a sus pies se me quedó grabada. En mi mente se unieron para siempre la imagen de ese jugador con una palabra: clase.

Ahora, cada vez me cuesta más emocionarme con el fútbol. Todavía tengo a Raúl y a Guti, los madridistas, a Zidane y a Ronaldo, los genios. Por ahí aparece Sergio Ramos y por supuesto, tengo a mi Sevilla. Pero no sé cuánto van a tardar en retirar a los cuatro primeros, o cuánto tardarán en decidir que Ramos ya no vale. Cuesta emocionarse con jugadores que no sienten los colores o con esos que no tienen nada especial, que no tienen esos días malos que los genios tienen de vez en cuando porque la magia es así de caprichosa.

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Esos jugadores planos a los que todo el mundo alaba no tienen problemas, les basta con correr para que la gente se quede contenta y se cebe con el que ha fallado un pase arriesgado, un regate...

Es como si el que va al teatro lo que espera es ver que el actor se sabe de memoria el guión, no que sepa improvisar, no que sea capaz de darle un matiz especial, distinto, bello... Un día de estos sólo nos quedaran profesionales en lugar de jugadores de fútbol. Entonces supongo que, en lugar de sentarme a ver la tele, me iré a un edificio en obras o a una oficina a ver profesionales haciendo su trabajo.

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