La canciller no manda lo que el Káiser
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Mala cosa es enfrentarse en el fútbol alemán a Beckenbauer. Esté donde esté, haga lo que haga, en el Bayern de Múnich, en la selección o la Federación Alemana (DFB), o en la Copa del Mundo, la figura de Káiser Franz emite un halo mitológico. Como Beckenbauer señale a alguien con sus rayos justicieros, el desdichado puede aguardar problemas: les ha pasado a muchas generaciones de jugadores, entrenadores y directivos en el Bayern y en la selección.
Y ahora le toca al seleccionador, Jürgen Klinsmann, cuyo pecado de lesa majestad germánica es que prefiere vivir bajo el sol de California y funcionar por correos electrónicos... Cuando Angela Merkel, canciller federal, La Dama de Hierro, defiende a Klinsmann, Beckenbauer opta por un prudente silencio. Quizá, Franz hubiera polemizado con Merkel, si Angela se hubiera llamado Max: Max Merkel, el antiguo Mr. Látigo, entrenador de Sevilla y Atlético. El gran problema para Klinsmann es que Beckenbauer, como buen símbolo de Alemania, se toma muy en serio todo lo que hace. Y Alemania se ha gastado 294 millones de dólares en remodelar el Olympiastadion de Berlín, el Monumento Azul que acogió a Hitler y Jesse Owens en 1936... para ver allí a su mannschaft, la selección de Alemania, en la final del 9 de julio. Si el himno alemán, Deutschland über alles, retumba ese 9 de julio en Berlín, no hará falta que Merkel proteja a Klinsmann. De lo contrario, no lo salvará ni el espíritu alado de Owens.




