El hijo de la maestra y del agricultor
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Jackson Quiñónez llegó a España con veinte años y con hambre, mucha hambre. Pero la suya no era el hambre física que empuja a los otros ecuatorianos a buscar trabajo aquí, en la que ellos llaman Madre Patria. No. Jackson Quiñónez estaba hambriento de gloria, mucho más que de dinero. Quería brillar en el atletismo, una vez descartado el baloncesto, su primer amor y su primer desengaño. Y Esmeraldas, la provincia del Pacífico en la que se crió, es un bellísimo paraje, con espléndidas playas y gigantescos manglares, pero ni allí ni en ninguna otra parte de Ecuador podría mejorar su técnica en las vallas, afilar su velocidad, optar a colocarse entre los mejores del mundo. Había que emigrar, aunque él tuviera el sustento asegurado, porque su madre era maestra y su padre, agricultor, posee algunas tierras.
Y el heredero de los esclavos africanos llegó a Lleida con una beca bajo el brazo, se encontró con Ascensión Ibáñez, una entrenadora desconocida incluso para los más aficionados al atletismo, y comenzó a progresar. Ahora es español y por él se suspira ya en la Selección. Un regalo llegado de Ecuador, pero regalo de naturaleza inesperada, porque del país americano sólo podía esperarse algún marchador como Jefferson Pérez, enemigo público número uno de nuestro Paquillo Fernández, en estricto sentido deportivo del término. Nunca esperaríamos un vallista. Pero es que Jackson no es (era) un ecuatoriano típico. "La gente de allí son sobre todo indios chaparritos y yo soy alto y negro; no creo que los emigrantes se identifiquen mucho conmigo...", dice. Siempre les quedará Jefferson.




