El doping es una locura
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No es concebible que un gurú suspendido por sus cruentas prácticas de doping durante un periodo de ocho años por el COI y a perpetuidad por la Federación Internacional de Esquí siga trabajando con deportistas. No es concebible que a un recién nacido equipo ciclista no le dejen competir a tres de sus corredores por síntomas evidentes de doping. Aquí estamos todos locos, y nunca mejor dicho porque Walther Mayer, el tal gurú, ha acabado internado en un psiquiátrico, dado el estado que presentaba tras ser detenido. Para que nos demos cuenta de la calaña que son estos tipos que andan por la vida con una jeringuilla en la mano sacando sangre y metiendo química en el organismo de nuestros deportistas.
Por eso bienvenido sea Guariniello, el juez azote del doping; y Buffet, la ministra que puso al Tour contra las cuerdas al tirar de la manta; y Lissavetzky, el primer secretario de Estado para el Deporte que se ha atrevido a acabar con eso de que seamos un paraíso del doping. Porque, así hay que reconocerlo, lo hemos sido y quizá aún lo seamos hasta la puesta en práctica de la ley que nos permita tener muchos guariniellos. Recuerdo cuando el príncipe de Merode, por entonces presidente de la comisión médica del COI, comentó al hilo de los éxitos de nuestros ciclistas y atletas lo lejos que estábamos de aplicar la tolerancia cero. Aquí nos rasgamos las vestiduras, pero con la perspectiva del tiempo, qué razón tenía.




