No hay gloria sin sufrimiento

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La gloria nunca es gratis. Y menos en el fútbol. Hay que ganársela sufriendo hasta el final. Padeciendo. Pasándolas canutas en el Bernabéu. Pero el Zaragoza estará en su undécima final de Copa, la tercera en seis años. Una racha grandiosa, sólo superada por los Magníficos, que jugaron cuatro consecutivas, de 1963 a 1966. En ese periodo se forjó la leyenda del Zaragoza copero, del Zaragoza campeón que ahora hereda el Zaragoza metralleta. Al final valió el 6-1 de la ida y para los zaragocistas sólo quedará en la memoria esa paliza histórica al Madrid en La Romareda. Lo de anoche se olvidará pronto, porque de lo que se trataba aquí era de pasar a la final.
Y dicho todo esto hay que reconocer que el Zaragoza fue ayer un desastre. Para empezar, porque Víctor se empecinó otra vez con Toledo y la banda izquierda fue un verdadero coladero. Y eso provocó tres goles en los nueve primeros minutos y el desmoronamiento de todo el equipo. Nadie defendía, nadie atacaba. Nadie daba una patada. Una parálisis absoluta que casi se lleva por delante el 6-1 de la ida. Aunque también hay que hablar del árbitro, que no se atrevió a expulsar a Beckham y le anuló un gol absolutamente legal a Ewerthon. Pero eso está incluido en el precio de la gloria.



