La fe ciega de un técnico psicólogo

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Cree ciegamente en el trabajo". Iñigo López, defensa del filial, define así a Pepe Murcia. Y vale. Con cercanía, diálogo y un carácter visceral y aguerrido, dirigió al B en dos temporadas en las que éste se codeó con los mejores y se quedó a un gol, un año, y a un partido, el otro, de Segunda. Una valla de alambre, siempre decía, separaba a los suyos de los mayores. "Y allí sí que tendrán exigencias", remataba. Y cuánta razón tenía.
Ahora, al otro lado está él. Sólo ha ganado un partido, es cierto, pero esté Atlético en nada se parece al de Bianchi, aún siendo el mismo. Desde su llegada, el descenso, todavía a seis puntos, se mira como lo que es: un infierno pasado, no un mal futuro. Murcia ha ejercido de psicólogo, recuperando a una plantilla de ánimo maltrecho, ha recolocado las piezas de la máquina rojiblanca, ha acabado con tres meses de empates y derrotas, y, sobre todo, ha seguido creyendo ciegamente en el trabajo. Una exigencia que no cambia ni en Segunda B ni en Primera; ni a un lado u otro de la valla.



