Vidas rotas por las lesiones
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Elena Gómez, de 20 años, campeona mundial de gimnasia, se retira por una lesión crónica de pubis; Rafael Nadal, de 19 años, campeón de Roland Garros, va a cumplir tres meses inactivo por una lesión en el pie; las hermanas Williams, de 25 y 24 años, campeonas de todo, reaparecen después de cuatro meses sin saber de ellas a causa de las lesiones que les provocaron una temporada llena de intermitencias. Las exigencias del deporte de alto nivel tiene estas cosas. Competiciones, entrenamientos, competiciones, entrenamientos... todo se sucede sin tiempos para descansar o recuperar. Y un buen día, algún ligamento, algún huesecillo de esos cuerpos perfectos dice basta. Entonces hay que parar o, en el peor de los casos, retirarse.
Es cruel, pero también consecuencia de toda una vida sometiendo al cuerpo a una exigencias máximas. ¿Cómo una vida, si estamos hablando casi de adolescentes? Pues sí, pero de una vida de deportista, que en su plenitud dura lo que dura. Unos diez años. Por delante, unos pocos años más para llegar; por detrás, otros pocos más para vivir de las rentas. Elena Gómez se retira, pero a los seis años ya estaba metida en un gimnasio; las Williams renquean, pero después de diez años dando raquetazos; Nadal paga sus excesos físicos, pero lleva cometiéndolos desde hace cuatro años y medio cuando apareció en Madrid dispuesto a codearse con los mejores tenistas del mundo. Así es la vida del deportista. Corta y siempre intermitente.




