El Dakar mata; ya se sabe
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El Dakar puede ser, después de cualquier ascensión a las cumbres míticas del Himalaya, el acto deportivo con más posibilidades de que se produzcan accidentes mortales. Montañismo y raids, como se denominan a las carreras de resistencia y navegación, son los deportes de riesgo por excelencia. Lo son, porque al error humano se añaden factores medioambientales adversos que disminuyen el margen de seguridad y la imposibilidad de una atención médica inmediata. Es el precio que se paga por practicar un deporte en los grandes espacios abiertos, donde no hay canchas ni circuitos, y cuyo objetivo principal es llegar -tarde o temprano, pero llegar- a un punto fijado a través de un paisaje a veces agresivo en extremo.
Por eso en el Dakar ocurren muchas más fatalidades que en la Fórmula 1 o en el Mundial de motos, donde se alcanzan velocidades que doblan a la de los vehículos competidores en los raids. Senna y Ratzenberger fueron, con un día de diferencia, las últimas víctimas de la Fórmula 1, y Kato, de las motos. Tres muertes en carrera en doce años. El Dakar, en cambio, es un continuo goteo, pese a que últimamente nadie muere por disparos, minas o accidentes fuera de la propia competición. Los últimos cuatro fallecidos estos años han sido pilotos damnificados en plena carrera. Y no todos competían por ganar. En una caída, en un vuelco, en una piedra, se esconde la muerte. Con ello hay que contar. La estadística lo demuestra.




