Raúl, el alma del Madrid
Sólo tengo un testigo y es fácil que no recuerde nada. Pero lo dije, se lo dije a él, en concreto. Como se dicen tantas cosas, eso sí, lo reconozco, como esos solemnes vaticinios que dejamos caer de vez en cuando y cuya culminación fechamos en un impreciso 'tiempo al tiempo'. Aunque disponía de algunas pruebas (o quizá fueran ligeros indicios), pesaba más la intuición que la certeza. Pero el caso es que lo solté, y no como quien da una opinión, sino como quien revela un misterioso secreto: "Raúl será el mejor futbolista del mundo". Y me quedé tan ancho.
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Me cuesta fijar el día de la sentencia, pero está muy próximo al debut de Raúl en Zaragoza, 1994. El chaval tenía 17 años y su estreno se saldó con un buen número de ocasiones perdidas. Pero ante su despliegue de entusiasmo el gol fue un asunto menor. Ese chico no hacía gala de la típica fogosidad de los debutantes, casi siempre alocada, sino de un arrebato entre asesino y superviviente. También tenía talento y me rebelo ante los que se lo niegan, como si fueran incompatibles la astucia y la genialidad.
Por una vez tuve razón y llegó a ser el mejor del mundo, en el sentido de que fue el jugador más valioso, el primero que hubiéramos elegido a pares y nones. Pero le faltó el reconocimiento mundial, casi en la misma medida en que le faltaron sonrisas y accesibilidad. Le falló el marketing. Después de 10 años en la élite, Raúl ya no tiene la deliciosa frescura de antaño. Pero algo mantiene intacto: el alma. El alma del Madrid.



