Entre las alpargatas y el endocrino
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Joaquín Caparrós parece alemán. Su ética de trabajo y ese estajanovismo utrerano que hacen trabajar a la plantilla diez horas después de ganar un partido épico, invitan a pensar que en el árbol genealógico de los Caparrós o de los Camino se coló algún teutón pejiguero y currante. El míster no descansa porque siempre tiene en mente a los jornaleros de su Utrera natal. "Siempre digo que no me dolería entrenar a un Tercera mañana mismo". Caparrós es un jornalero del banquillo y aspira a que sus hombres lo sean del fútbol. Con talento, pero currantes como los que más. Por eso reivindica la jornada laboral de ocho horas para los futbolistas de élite. Él las trabaja, ustedes, los aficionados, también y nosotros los periodistas las doblamos con insana frecuencia (servidor se lo puede asegurar). Pero también evoluciona y se rodea de endocrinos y psicólogos.
Si miramos su currículum, vemos que uno de los primeros equipos que dirigió fue el San José Obrero (nada es casual). Quizás por eso siempre habla utilizando la primera persona del plural. "Nosotros". Evita el singular siempre que puede. Y es tal su sentido grupal que cuando habla de su pareja la llama "compañera". Eso es hacer equipo. Caparrós tiene claro que el pasado no cuenta. Por eso ha advertido en el vestuario que "quien se comporte como un señorito y trate de vivir del apellido se acabará quedando en alpargatas". Tiene una fe inquebrantable, rozando el fanatismo, y sobre ella levanta su proyecto. La naturalidad con la que entiende el fútbol le hace decir cosas como que "muchas veces se aplaude a los futbolistas por correr, que al fin y al cabo, es su trabajo". Está bien que alguien aporte normalidad a este despropósito que es a veces el fútbol.



