Yo digo Héctor Martínez

Rebote se escribe con 'R' de Reyes

Héctor Martínez
Subdirector de AS
Nació en Madrid en 1969. Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad San Pablo CEU. Entró en el Diario AS en 1991. Hasta 2017 ejerció como redactor en las secciones de Baloncesto, Cierre, Más Deporte, Fútbol y Motor. En 2016 es nombrado redactor jefe de la sección de Motor. Desde 2017 es subdirector del diario.
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Jugaba en casa, en Córdoba. Allí nació hace 25 años (16-3-1980) y allí olió quizá su primer rebote. Se llama Felipe Reyes Cabanas. No es el pívot más alto. Tampoco el más rápido. Ni siquiera el de mejor mano. Pero es el pívot más pívot que uno pueda echarse a la cara. Lo es del mismo modo que su hermano mayor, Alfonso, que sacó de sus casillas a muchas torres del continente que no entendían cómo se podía hacer tanto con dos metros pelados y aquel ganchito zurdo. Felipe Reyes creció en el Ramiro de Maeztu, cantera del mejor baloncesto español como la vecina Residencia de Estudiantes lo fue del arte, la ciencia y el pensamiento patrio (Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Severo Ochoa...). Allí aprendió el abc del baloncesto de la mano de Ángel Goñi. Y vio a su hermano ganar la Copa del Rey con el Estudiantes en Granada-92 junto a jugadores hoy históricos de la ACB como Nacho-cho Azofra o Alberto Herreros.

Allí vivió el boom europeo del club en aquella Final Four de Estambul resuelta con el mágico triple de Sasha Djordjevic al Joventut. Eso le hizo engancharse al baloncesto. Se enganchó tanto que en la temporada 98-99 debutó con el primer equipo gracias a José Vicente Hernández, el siempre criticado Pepu al que la estadística -11 años seguidos metiendo al equipo en playoffs- ha dejado en el sitio que merece. Ganó una Copa del Rey y formó parte de aquellos juniors de oro que nos enamoraron en Lisboa-99. Hace un año fichó por el Real Madrid y estos días sueña con el oro en su tercer Eurobasket. Los 11 rebotes de ayer dan muestra de su olfato. Griten "rebote" y ahí está él. Porque no hay nada que le despierte más el apetito.

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