Torres y Gabi son dos niños sagrados
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Hubo una época en la que miraba la fecha de nacimiento de los futbolistas en los cromos de la Liga y jugaba a ver quiénes eran los más jóvenes. La barrera para separar a pipiolos de maduritos era 1960. Lo juro. El viernes salí con mis dos mejores amigos, y un relaciones públicas (muy malo) nos abordó en la misma calle cuyos bares frecuentamos hace media vida: "Vengan conmigo, que les voy a llevar a un sitio con gente de su edad". Y se quedó tan ancho. Casi lloro. Cuando empecé a cubrir la información del Atleti, hace cuatro años, el 90% de la plantilla era mayor que yo. Ahora sólo García Calvo e Ibagaza nacieron antes del, confieso, 77. Y duele decirlo, pero esta panda de chavales que ha confeccionado Toni, es mucho mejor que aquel equipo. Gallifante para él.
Esta elegía al tiempo perdido, tiene su porqué. Hay valores en el fútbol que van más allá del dinero y del puro juego: el sentimiento y la ilusión de un futuro mejor. Mucha gente asegura hoy que por 45 millones habría que haber mandado a Torres al Newcastle con un lacito. Yo no lo creo. Porque, quitando a los cuatro desagradecidos sin memoria que le pitaron, un símbolo es casi intocable para la afición. Si ha salido de la casa y ama los colores, mucho menos. Y si, de propina, tiene unos insultantes 21 años, ya no tiene precio. Tal vez sea la anticipada crisis de los 30 que me ablanda, pero el Niño y Gabi deben ser sagrados en este Atleti.




