Ronaldinho, el hombre que es feliz con el balón
Durante el calentamiento, mientras sus compañeros esprintan, estiran los abductores, saltan y rotan las articulaciones, él juega con la pelota. Durante el partido, los contrarios dan leña, discuten, se fajan como jugadores de rugby, riñen entre ellos, se enfurecen con el árbitro... Él pide la pelota, finta, amaga salir por la izquierda y, con un endiablado giro de tobillo, se va de su marcador por la derecha, plantándose delante del portero, al que intenta dejar clavado con una vaselina. La pelota, caprichosa, se encuentra suavemente con el larguero. Y él ríe. La grada se lamenta de la ocasión de gol desperdiciada. Pero él ríe.
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El partido es de alta competición, con demasiados intereses en juego. Tras las pantallas, muchos piensan "¡Cuánto negocio hay en el fútbol!" Otros añaden: "Cuántos rolex, cuántos ferraris, cuántas terrazas, cuántas modelos". Pero Ronaldinho sigue tirando caños, haciendo sombreros, inventando paredes imposibles, haciendo disfrutar a la grada y haciendo a sus compañeros mejores, regateando a la sobriedad y a la falta de imaginación. Y riendo.
Entiende el juego como el juego que era a los seis años. La pelota lo adora mientras, abandonada a la magia, rueda hacia su pie y bota sobre su cabeza, duerme en su empeine o en su nuca, huyendo de los maltratos de las punteras de otros y de sus tacos agresores. Ella no quiere a los más fuertes ni a los más rápidos, ni a los más altos. De ellos se esconde, resbalando por sus botas, escurriéndose entre sus piernas, asustándose de sus músculos. Se hace inmanejable; dice que no, que no y que no. A ellos, a los maltratadores, los toma a risa. Sabe perfectamente quién la necesita y quién no.



