Yo digo Alejandro Delmás

Qué tiene Er Beti y no Montecarlo

Alejandro Delmás
Importado de Hercules
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A las 20:30 horas del domingo 21 de agosto, desde las gradas y filas altas de los tendidos uno y tres, en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería, se podía vislumbrar un fenómeno prodigioso, sólo accesible a quienes conozcan ciertos códigos: con tres novilleritos jugándose la vida sobre el albero acalorado del Baratillo, los rayos del Sol Poniente empezaron a dorar, en su caída, los azulejos de cerámica que hay en las alturas del alminar de la gran Mezquita de Sevilla. Y la Giralda cobró vida en destellos irisados, azul cobalto y corinto, sobre el atardecer de tejas del Baratillo y las huertas que envuelve el Río Grande: el río Betis, claro. Los pasodobles antañones de la banda de Tristán punzaban el aire hirviente. Los guiris entraron en trance hipnótico. Y los que estaban en el secreto del fenómeno lo saboreaban, cómplices. Abajo, en el albero, humeaba el juego de la suerte y la muerte. Arriba, la Giralda, el Sol Poniente y el río Betis rezaban la oración del atardecer: "Bético es aquél que nace en la Bética..."

S e lo dice uno que habló con Alberto de Mónaco hace nada y menos. Pecadillos a un lado, el chico es un apasionado del deporte. De buena familia. Su madre, Grace Kelly, encarnaba el glamour de Hollywood. En Mogambo, ella sedujo a Clark Gable. Albertito presume de haber jugado al tenis con Borg y de esquiar con Stenmark. Pero Er Beti tuvo un presidente, el torero y poeta Ignacio Sánchez Mejías, el capitán herido por la muerte al que Federico García Lorca dedicó el Llanto: la mejor elegía jamás escrita en lengua española. Alberto tiene a su Montecarlo. Y el bético de la Bética, los destellos irisados y ponientes que abrazan al río Betis. Lo siento, Alberto, colega: ya hemos ganado.

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