El atletismo europeo, en crisis
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El mapa del atletismo mundial cambia a pasos agigantados. Quitando a EE UU y Rusia, que mantienen su alto nivel, ya no hay potencias de segundo orden tras ellas. Hace tiempo iniciaron su declive. Alemania ha pasado de ganar una media de trece medallas en los Mundiales a cinco en Helsinki, Gran Bretaña de seis a tres, Italia de cuatro a una. Grecia ha desaparecido de la escena. Finlandia, anfitriona y de gran tradición en el atletismo, sólo subió una vez al podio en sus Mundiales. Francia y Bielorrusia son los países europeos que mantienen el tipo; la primera por la resaca de los últimos Mundiales que organizó, y la segunda porque es la única república ex soviética donde el deporte sigue siendo cuestión de Estado.
Pero el mal de muchos no debe de ser nuestro consuelo. La realidad es que hemos dado un paso atrás evidente. Si el auténtico valor del atletismo de un país lo da la clasificación por finalistas, no por medallas, ahí están los números: de trece finalistas hace dos años hemos pasado a diez, los mismos que teníamos en 1997. Y en este caso no son Etiopía, Kenia, Qatar o Bahrain quienes con sus medallas falsean el balance, sino que la regresión obedece a que nuestros mejores atletas ya han dado lo mejor de sí mismos y apenas les llega relevo en las generaciones venideras. Y como es un problema común en los países europeos más desarrollados, estamos asistiendo a la mayor crisis del atletismo en Europa.




