¡Suerte en el fútbol y en la vida!

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En la vida de un aficionado al fútbol hay momentos para todo. Existe la euforia propiciada por un golazo vivido en carne propia desde la grada y marcado por un ídolo. También hay momentos de decepción, quizás demasiados en una sola temporada, como los resultantes por ejemplo de una inesperada derrota en casa, o contra un rival presumiblemente inferior. Hay instantes de tertulia, los que hacen revivir toda la semana lo que pasó durante sólo 90 minutos, y ratos de fervor casi religioso, como todos los derivados de la compra de objetos de tu equipo. Por último están esas instantáneas que pasan a la historia, las de días que quedarán marcados en el calendario por su importancia personal, aunque para la gran mayoría pudieran ser menos trascendentales. Y el de ayer es uno de esos días que uno puede apresurar desde ya que no olvidará.
Aunque no nos uniera una gran amistad, para qué mentir, quién les escribe siempre ha tenido a Toni Soldevilla entre sus ídolos. Uno es joven y recuerda cuando iba a comer, en tiempos no tan lejanos de bachillerato (hará unos ocho años) al bar La Perla de Santa Eulalia, el barrio de L'Hospitalet que nos une. Y allí estaba el central, un día sí y otro también, café en mano tras entrenarse con el Espanyol B. Acababa de debutar en Primera, y a aquel chaval de 14 años que era servidor le impresionaba estar tan cerca de un futbolista de elite al que los domingos podía ver a muchos más metros. Pasó el tiempo, y nos tocó coincidir en tareas profesionales. De todo esto procede la especial devoción por este perico de buen corazón, que en el día a día dejó claro ser un gran jugador y una bella persona. Por eso, sólo puedo desearle mucha suerte en el fútbol y en la vida.



