El arbitraje debe ser profesional
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Un caso tan agrio como el de Hoyzer reabre el eterno debate sobre la profesionalización del arbitraje. No es un concepto que sólo se refiera a percibir un dinero por un trabajo. Aunque el feo caso que nos ocupa sea estrictamente por una tentación económica. La cuestión es muy profunda: el árbitro tendría que dejar de ser la pieza sospechosa por definición en este negocio del fútbol. En toda Europa, y quizás en España más que en ningún sitio, es un ser vulnerable, prácticamente desprotegido, mal visto por exceso o por defecto de su protagonismo, en general poco preparado físicamente y, sin duda, prisionero de la aplicación de un reglamento que cada cual interpreta según los vientos que corren. ¿Qué se podría evitar con la profesionalización? Pues en ningún caso que siguieran produciéndose errores. Pero si el colectivo arbitral disfrutase de un blindaje de prestigio, se entenderían de otra manera.
Profesionalización quiere decir que los árbitros formaran una asociación en contacto de trabajo semanal permanente. Con preparación física unificada, controlada y no sujeta a la voluntad individual. Con repaso diario de errores y aciertos, tras las jornadas. Con claridad en las designaciones según criterios de conocimiento público. Con ascensos y descensos justificados. Muchas más cosas y, por supuesto, retribuidos de acuerdo al difícil y comprometido trabajo que desempeñan. Un árbitro no puede ser juez de un partido sabiendo que su empresa está en quiebra o no llega a objetivos de venta. Debería pensar exclusivamente en clave de fútbol, como un jugador profesional que entrega cuerpo y alma a este negocio. En definitiva, Hoyzer nos recuerda que el árbitro va solo en este viaje y la tentación convive con su desamparo. Cada día es más urgente que el colectivo arbitral español de elite salga del oscurantismo.



