La noche de la velocidad cae en EE UU
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No me pienso creer un sólo récord mundial más de velocidad, lo haga quien lo haga, al menos hasta que pase un puñado de años y las nuevas máquinas antidopaje no digan cosas raras. Para mí, estos récords de hoy tendrán un asterisco provisional y subjetivo, casi como el que marca los topes siderales de la difunta Florence Griffith-Joyner: las causas de su defunción me las opinó detenidamente en Los Angeles, en una mañanita de UCLA, el gurú John Smith, pero esa conversación jamás saldrá a la luz. En su día, en este periódico y en algunos otros antes de él, dediqué elogios infantiles a Carl Lewis, Ben Johnson, Marion Jones y Tim Montgomery. Todos tuvieron o tienen relación más o menos directa con asuntos de dopaje y gente del negocio. Las marcas de la actual Jones son ridículas. ¿Quién es la replicante, la Marion de 2000 y 2001, o la Marion de hoy? Asafa Powell galopa y su antecesor, Montgomery, suplica en una corte de San Francisco a la Agencia Estadounidense Antidopaje, la USADA, que no le suspenda de por vida: Caso Balco: "Proyecto Récord del Mundo". Timo.
Sí, es posible que Powell corra como corre (algo corto, pero con una fuerza descomunal), sin nada raro en las venas. No sé. Va a hacer 37 años de la mítica Noche de la Velocidad, en Sacramento, 20-6-1968: allí, tres estadounidenses, Greene, Smith, Hines, bajaron por primera vez de 10.0 en la misma noche. "Comíamos sardinas", me recordaba Lee Evans, en 2004. Apenas les quedan las cenizas de los bíceps de Mo Greene: ayer, en Atenas, EE UU no tuvo a nadie ni en semifinales. En la final del 9.77, hubo cinco nacidos en Africa. Bueno. La noche de la velocidad y de otras cosas ha caído sobre América.




