Laporta y Rossell, o viceversa
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El éxito no se puede almacenar. Aunque sí dilapidar. Joan Laporta y Sandro Rosell parieron un proyecto que avaló una ilusionada mayoría en las urnas blaugranas. Al cabo de dos años, el matrimonio parece abocado a un divorcio seguro. Durante meses, aficionados y socios del Barça observaron atónitos tras el cristal del escaparate, las desavenencias de la pareja. No oían las voces, pero veían los gestos. A ratos, salían a la calle voluntarios ejerciendo de pregoneros del sarao por lo bajini. Pirómanos disfrazados de bombero, servidores más papistas que el Papa Jan y algún directivo de ilimitada ambición. A principios de este año, el presidente reconoció públicamente que se trataba de una "crisis de crecimiento", sin más. Esta semana, conseguido el título, Rosell ha roto su mutismo. Rubricó una serie de agravios que a estas alturas todos sin excepción intuían. Autoimpuesto u obligado, su largo silencio redundó en preservar el buen clima del vestuario. Un dato que dice mucho a su favor. Ahí no hay cola que pisar.
Y ahora, qué? Ambos tendrán que explicar nítidamente el desenlace final de este desencuentro. Y por qué no supieron resolverlo, yendo las cosas bien deportivamente. Forzar rendiciones incondicionales es lanzar el boomerang. Formaron un ticket electoral triunfador. Hoy caminan por el filo de una navaja. Un presidente tiene la culpa de serlo. Que la vanidad no desemboque en algo tan banal como: "Pequeño terremoto. No muchos muertos".



