Las caídas no son casuales
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López de Munain puede quedar inerte sobre la carretera, ensangrentar el asfalto, sin que sus compañeros y rivales echen pie a tierra. Pasarán a su lado, contemplarán la escena, se horrorizarán pensando lo peor, pero no se detendrán. La carrera ha de seguir su curso. En el Giro, los finales de etapa están plagados de trampas que provocan múltiples caídas. No hay responsabilidades. El final de hoy siempre será mejor que el de mañana. En el Tour, las rotondas y las carreteras estrechas conducen a los corredores a un embudo por el que todos no caben. Resultado: la mitad van al suelo. Nadie protesta. Al día siguiente los ciclistas vuelven a salir; quien no pueda hacerlo por la caída, mala suerte.
¿Tan poca autoestima se tienen los corredores para no poner fin a tamañas barbaridades? Son capaces de paralizar el Tour porque la policía les registra en busca de sustancias dopantes, pero no son capaces de decir basta cuando les va la vida y el reconocimiento en ello. No lo entiendo. Si las caídas en el Giro y en el Tour (la Vuelta, afortunadamente, respeta más a los ciclistas) fueran accidentales, nada cabría alegar. Pero como no lo son porque resultan previsibles por el trazado de la carrera, de fortuitas tienen poco. ¿Y hasta cuándo esta imagen de un ciclismo por los suelos en la que lo único que parece importar es alcanzar la meta? Si todos se pararan cada vez que pasara una cosa de éstas...




