Euroliga: pecados y virtudes
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Fue un parto simbólico: nuevo siglo, nueva competición. La Euroliga de la modernidad, gestionada y dirigida por los clubes con absoluta independencia, arrancó el año 2000 y cierra ahora, en Moscú, su quinto año de existencia. Cinco cursos cubiertos. ¿Aprobado o suspenso en la licenciatura? En las materias de organización, infraestructura y nivel deportivo creo que la calificación debe ser alta. En difusión televisiva, consolidación económica, arbitrajes y credibilidad me inclino por el suspenso.
En la Euroliga están los 24 mejores equipos del continente y, en consecuencia, casi todas las grandes figuras que no acapara la NBA. Tiene mérito, además, que la competición se normalizase en tiempo récord y que haya resistido maremotos terribles, como la excomunión de la FIBA o el divorcio del patrocinador en plena luna de miel. Para sobrevivir, sin embargo, la Euroliga ha tenido que pagar tributos importantes, que se resumen en tres nombres propios: Barcelona, Tel Aviv y Moscú. Agradecimiento a la ciudad sede de la organización y a los estandartes del ejército oficial que asaltaron a las tropas revolucionarias. Las deudas ya están pagadas: una Final Four y un título (¿añadimos el ruso?) para cada uno. Y ahí está el pecado: esa manipulación, ese politiqueo mafiosillo es precisamente lo que se repudiaba en la FIBA.




