En defensa del jugador español
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Saltan las alarmas en el fútbol sala, porque el 36% de los jugadores son extranjeros. El baloncesto hace tiempo que superó ese porcentaje. Actualmente es del 53%. El balonmano también lleva camino de alcanzar el 50%. Ello no es óbice para que en el fútbol sala lo ganemos todo, en balonmano seamos campeones del mundo y en baloncesto estemos entre los gallitos. Será consecuencia de que ante tanta competencia se produce un proceso de selección natural que sólo superan los mejores. Pero ¿y el resto? Hasta en Estados Unidos comienza a ser tema de debate. El porcentaje de jugadores extranjeros en la NBA ha pasado del 11% al 18%, lo que ha motivado la posibilidad de implantar un cupo.
No se trata de cerrar las puertas a la libre circulación de trabajadores, que así pueden considerarse los deportistas profesionales, sino de no desnaturalizar las competiciones. El deporte tiene una gran carga emotiva y al aficionado le gusta identificarse con el jugador. Mejor si es de su barrio, de su ciudad o de su país. Y si es extranjero pero echa raíces en el club, tampoco importará. El desarraigo se produce cuando comienzan a llegar jugadores que tan pronto están aquí como allá, profesionales de su deporte que no de su club, mercancías de agentes que más ganan en comisiones cuanto más los muevan. Tanto trasiego cierra las puertas a nuestros jugadores y despista a los aficionados. Hacen bien en sonar las alarmas.




