El caso Manzano sí ha valido
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Hoy hace justo un año, Manzano se atrevió a tirar de la manta. Desveló las atrocidades del doping, vividas en primera persona. Salvo contadas excepciones, el pelotón le repudió. Ya no era de los suyos. Es costumbre en el ciclismo que quienes confiesen o acusen sean marginados; también, que cuando alguien da positivo, los corredores guarden silencio. Nadie reclama al tramposo. En la pasada Vuelta, Santi Pérez ganó tres etapas y quedó segundo en la general sin que nadie se haya sentido perjudicado porque les hubiera vencido con la sangre renovada. Como si todos tuvieran algo que callar. Como si no existiera la conciencia de que doparse es trampa. Como si sólo fuera cuestión de mala suerte cuando a alguien le pillan cargado.
El testimonio de Manzano, sin embargo, sí ha servido para algo. Para que en España, por fin, nos tomemos en serio el tema del doping. El mensaje, por lo pronto, ha calado en la sociedad. Ya sabemos todos que el doping no es cuestión baladí, sino algo brutal, pudiera decirse que sin límites porque hay sustancias que aún no se detectan en los controles, y que el doping puede conducir a tal dependencia farmacológica que roza la drogadicción. También los equipos ciclistas han empezado a ser conscientes del problema. Algunos han tomado medidas. Demuestra que hay un propósito de enmienda cierto. Gracias a Manzano, aunque no se lo reconozcan, que fue quien, con la verdad por delante, encendió las alarmas.




