Lo del Éibar no es una casualidad

Garmendia, guardameta que defendió durante 17 temporadas la portería del Éibar en los 80 y 90, quizá sea quien mejor represente el espíritu del club. Cada día, después de entrenarse, de tener que sudar sobre el barro de Ipurúa ante la atenta mirada de Mardaras, el sempiterno presidente del club, se iba a la carnicería que su familia regenta en el pueblo para echar una mano entre los solomillos y las chuletas. Para él, el fútbol era importante, pero la carnicería lo era todo. Y como Garmendia tantos otros que han pasado por el club, casos de Bixente, Jon Cortina, Olano o Artetxe, profesionales dentro y fuera del campo, conscientes en todo momento de que el fútbol es un puro privilegio y que por tanto hay que cuidarlo y trabajarlo día a día, entrenamiento a entrenamiento.
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Esta fórmula es la que permite que la entidad lleve 17 temporadas consecutivas en Segunda, argumento más que sólido para evidenciar que lo de este club no es casualidad. Que una agrupación con apenas 3.000 socios, cuyo campo cuenta con sólo 5.250 asientos, se codee temporada tras temporada con lo más granado de la categoría de plata sólo tiene un secreto: trabajo. El mismo que heredan año a año técnicos, masajistas, jugadores y directivos. Vengan de donde vengan. Se llamen como se llamen.
Tampoco el resto de clubes ha pasado por alto el papel de este modesto equipo. Al inicio de esta campaña, el Valencia decidió ceder a Silva, su perla de la cantera, pero se empeñó en que fuese al Éibar. No se equivocó y el resultado está siendo espectacular. Como lo fue con Xabi Alonso, con Almunia, con Riesgo, con Aitor Ocio o con Luis Prieto, todos ellos titulares a día de hoy en grandes entidades. Y es que del azote de Ipurúa pueden dar buena fe un gran número de clubes, como el Atlético, que sufrió allí su quemadura más grave en el Infierno. Si todo sigue igual, más de uno se quemará también el año que viene. Pero esta vez será en Primera.



