A la final, a bayoneta calada
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Estamos en la final del Mundial de balonmano. Es la primera vez. El mérito recae sobre unos jugadores que parecen inferiores a los de épocas pasadas. Estos ganaban medallas en Europeos (de plata y de bronce) y Juegos Olímpicos (de bronce), pero en Mundiales, jamás. Como ya tenemos la plata asegurada en este Mundial, la Selección actual se confirma como la mejor que hemos tenido en la historia. Mejor que la de Dujsebaev y Chepkin, que la de Guijosa, Urdangarín y Masip. El mérito es de Pastor, el seleccionador, un estudioso de la táctica, pero que también ha sabido aleccionar a sus jugadores en la batalla a bayoneta calada. Porque hay partidos que hay que ganar cuerpo a cuerpo. Ayer fue uno de ellos.
Pastor sabía que, tarde o temprano, partidos así tenían que llegar. Partidos rotos por la tensión, la pasión, la responsabilidad. España, tradicionalmente, fallaba en estos encuentros porque a sus jugadores, presos de esos factores, se les encogía el brazo en los momentos cruciales. Había un motivo: muy pocos en sus equipos estaban acostumbrados a hacer suya esa presión, que recaía en los extranjeros. El trabajo de Pastor en este sentido ha sido extraordinario. Ha convertido a sus jugadores en feroces guerreros que penetran en las defensas con el cuchillo entre los dientes; una vez dentro, se mata o se muere. Lo que nadie puede hacer ya es esconderse. El resultado está siendo demoledor. Ante Croacia la batalla será colosal.




