Holyfield no debe volver a combatir
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Holyfield ha decidido recurrir a la Biblia, ahora que sus puños ya no son de hierro, que sus piernas no se mueven como antes y que cada combate se convierte en un calvario para él y no para sus adversarios. Evander se da ánimos a base de salmos y cree que Dios puede ayudarle a tumbar a sus enemigos. ¡Pobre Holyfield! Ha cumplido 42 años y le ha dado la vuelta a todas las esquinas del boxeo. Este tipo ha sido un peleador de raza, un rey del boxeo que lleva veinte años librando batallas gloriosas. Fue campeón indiscutible de los pesos cruceros a final de la década de los ochenta. Pero no era suficiente. La gloria y los dólares estaban en el peso pesado. Y subió de categoría. Fortaleció su musculatura a base de trabajar en el gimnasio y se lanzó a la aventura. Y llegaron los grandes éxitos: Douglas, George Foreman, Bert Cooper, Larry Holmes.
Holyfield nunca ha rehuido a nadie: tres peleas con Riddick Bowe, dos con Tyson -una, la célebre del mordisco-, dos con Lennox Lewis, tres con John Ruiz, dos con Michel Moorer. Holyfield se ha pegado con todos los grandes del peso pesado. Demasiados combates para su corazón de guerrero. Demasiados golpes para su mentón de piedra. El gran Evander pertenece al pasado. Ha dado lástima verle en sus últimas peleas. James Toney le dio una paliza y un desconocido Larry Donald le infligió una derrota humillante la última vez que subió a un ring. Evander Holyfield es un peleador viejo y pasado de vueltas, un tipo acabado para el boxeo que se empeña insensatamente en seguir peleando porque dice que escucha la palabra de Dios en la Biblia. Haría mejor en escuchar a los médicos de Nueva York y en colgar para siempre sus gloriosos guantes.



