El Niño se convierte en un demonio
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Ayer tras el entrenamiento, Torres compareció en rueda de prensa y, nada más salir, se metió en su descomunal Hummer y se marchó del Cerro. Por primera vez en lo que va de semana, no se quedó cerca de una hora firmando autógrafos a los aficionados. Previamente, ante los periodistas, había contestado a cada pregunta con el piloto automático puesto, sin salirse de la línea de triste monotonía en sus respuestas que impera entre los futbolistas. El Niño no suele caer en semejante vulgaridad. Pero ayer todo era distinto. Era la víspera de un derby y ese es, para él, el día más especial del año. Por eso se recluyó en su tanqueta y se fue sin mirar atrás. Estaba ausente. Tenía la cabeza en otra cosa. El psicólogo de pastel que todos llevamos dentro sacará distintas conclusiones según su color. Si es blanco, hablará de nervios. Si es rojiblanco, de concentración extrema.
Los dos tienen parte de razón. La teoría madridista se sustenta en varias verdades. Desde que llegó a la élite, el Torres que funciona como un reloj en el día a día se ha atascado en sus dos retos más exigentes: los partidos contra el Madrid y la Selección. Él sabe que no le quedan muchas vidas antes de que le cuelguen el cartel de futbolista que se esconde en las grandes citas. Sale con un exceso de tensión que le lastra, eso es cierto. Pero si a alguien se le ocurre acusarle de blando, de que su camino ha sido fácil, se equivoca. A menudo se olvida que, con 16 años, se destrozó la rodilla y estuvo seis meses parado. Muchos adivinos le dieron por muerto. Al final de ese año fue pichichi, mejor jugador y campeón del Europeo Sub-16 con España. Tenía algo que demostrar. Como hoy. Está nervioso, sí. Y motivado, concentrado, casi rabioso. Nerviosos deberían estar Helguera y Pavón.




