Una herida se cierra, otra se abre
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La ola blanca de jugadores del Real que engullía a Pat Burke en la antesala de vestuarios del Palau derrotado era en sí una nube desgarrada, una sangre derramada, una llaga que se cierra, una herida que se entierra: Aleluya, hubiera cantado Aute y cantaban, a su manera, los Bullock, Herreros, Fotsis, Reyes, Bell, Sonko... el multicolor y multirracial Madrid. Para el disminuido Barça y sus árbitros de cámara (no diré un solo nombre propio), éste es un infierno sin el Dante. ¿Y un graffiti de "No hay futuro" ¿Una fábula que expira? Mal haría el Madrid en créerselo, pese al incalculable valor psicológico de la victoria, que acaba con la maldición de los tres años y el 8-0. La canasta de Burke supone una alteración impensada en el desarrollo de un sistema orgánico de vida: la maldición del Palau. Podría ser fatal. Un programa codificado no debe ser revisado una vez establecido. Tan establecido que se quiso sellar con la falta (???) de Sonko sobre Ilievski. O con las 11 faltas que frenaron al Madrid en el tercer cuarto.
El Madrid debe planear que estos momentos se perderán en el tiempo como sus lágrimas en la lluvia de tres años, como La Maldición bajo el tirito de Burke. El actual Madrid tiene más equipo que el actual Winterthur-Barcelona, nombrecito como de equipo de ciclismo. Increíble, pero planeado por Maljkovic: tres escoltas madridistas, Bullock-Sonko-Bell, sumaron más puntos (32-30) que Bodiroga-Navarro-Ilievski. Sin estar mal, Marc Gasol y Trías agruparon 12 puntos y 10 rebotes. Para Reyes y Burke fueron 18 más 15. Sólo Fucka y el agente naranja emisor de faltas mantuvieron al Barça. Pero Dueñas volverá. El que no quiera maldiciones, que recuerde las lágrimas en la lluvia.




