Yo digo Pere Artigas

División y desconfianza en el fútbol profesional

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El fútbol profesional español anda tan receloso que mira a ambos lados antes de cruzar una calle de dirección única. Y ya en la acera, camina con la espalda rozando la pared. Nadie se fía de nadie y la desconfianza cotiza alto. La reelección de Ángel M. Villar como presidente de la Federación ha enfatizado todavía más la confrontación en un doble frente: la de este organismo frente a la Liga de Fútbol Profesional y la de la propia patronal entre sus miembros. Y como las desgracias desafían siempre a la más estúpida de las sinrazones, pronto veremos a Joan Gaspart de embajador en la UEFA. No sé. Así las cosas, discrepar sobre la actual situación es casi moralmente obligatorio.

Hace años que el desencuentro entre la Federación y la Liga Profesional se multiplica. Los clubes pagan y penan, mientras que los federativos se dan un festín recaudador y exprimen comercialmente a la selección. El molesto escozor del pagano que sentía la patronal del fútbol, devino en lacerante sarpullido al imputar un juez a cuatro altos cargos de Villar por supuesto uso incorrecto del dinero y por la congelación de la subvención que anualmente daba el CSD a la Federación, con la Fiscalía Anticorrupción de por medio. La condición de apaleados y el peso de la cornamenta no predispone precisamente a los clubes a negociar un nuevo convenio entre ambas organizaciones. Máxime cuando en el anterior pagaban cuatro millones al año a las arcas federativas.

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Los cuarenta y dos clubes que forman la patronal ­­­-20 de Primera y los 22 de Segunda A- nunca se han caracterizado por su amor fraternal. La Liga Profesional jamás ha sido una balsa de aceite. Lógico en una organización de rivales. El único nexo debería de ser la defensa de los intereses comunes. El 'desmarque' de algunos clubs a la hora de votar al presidente de la Federación Española de Fútbol ha empeorado aún más el clima de desconfianza mutua. Mala cosa en un escenario de mobiliario carcomido: un déficit que bordea los tres mil millones de euros; reclamaciones de Hacienda por más de 300 y con la cuenta de resultados a fin de ejercicio negativa en prácticamente todos los clubes.

El futuro y buena parte de la supervivencia de muchos clubes depende en gran medida de la revisión al alza del porcentaje que reciben de la quinielas, de la reducción de impuestos y de renegociar la deuda con el fisco. El resultado electoral lo único que ha consolidado es la desconfianza, la división, la sospecha y el canguelo. Sobrevivir toma mucho tiempo; reformas modestas que posibiliten otras. Y, sobre todo, autoridad moral para negociar. Seguimos donde solíamos: "La Ley de Murphy no fue ideada por Murphy, sino por otra persona con el mismo nombre".

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