Una droga llamada baloncesto
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Que nadie me tache de agorero. Ignacio Pinedo volvió al banquillo del Real Madrid con 66 años de edad y en plena batalla contra el cáncer, nada comparable a un simple achaque circulatorio de un chaval de 52 en excelente forma física, como Mario Pesquera. Pero la determinación de éste a mantenerse en el ruedo, después de la cornada, me ha hecho revivir una frase que, pese al tiempo, resuena fresca en mi cabeza: Quiero morir con las botas puestas, como John Wayne. Porque eso dijo Ignacio a todos los amigos que le sugerimos, le imploramos, le recomendamos que no aceptase el reto. Era una locura del Madrid ofrecerle el puesto vacante tras el cese de Brabender, pero más lo era aceptarlo. Sin embargo, Pinedo tomó el cargo el día 1 de marzo del 91. Y 19 días después lo perdía en coma irreversible. En pleno partido. Con las botas puestas.
Cuando contemplamos la tensión que soportan en los partidos, a lo largo de semanas, meses, años, se hace difícil de entender cómo son capaces de aguantarlo. Los entrenadores de alta competición son gente de una raza especial, con tres sistemas circulatorios: sangre, linfa y adrenalina. Enormes canales de adrenalina. Un punto abajo, veinte segundos por jugar y balón en tu poder. No hay droga que supere eso, le dijo el propio Ignacio Pinedo a su hijo cuando le propuso que fumase un porrito, en vez de censurar el consumo. Sí: la droga del basket.




