Jamás en la Maestranza
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El Estadio Olímpico de La Cartuja le ha hecho a Sevilla un favor que por sí solo justifica su construcción. Gracias, Sr. Pérez, gracias ACS, porque el coliseo cartujano ha impedido que se planteara la posibilidad de un sacrilegio: jugar al tenis en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Toda plaza de toros es un lugar muy serio. Ahí se juega con la suerte y con la muerte: la muerte de figuras que anudan en dramas la historia pasional de este país. En las plazas de Palma y Alicante, donde España ha hecho la Davis 2004, han muerto rejoneadores y toreros. En Palma hubo la catarsis personal de Salvador Távora, el célebre autor teatral sevillano retirado del toreo tras estoquear al toro que dio muerte al rejoneador Salvador Guardiola. Pero, con el respeto que pueden imprimir el Coliseo Balear y el histórico coso alicantino, el de la plaza de Sevilla es caso aparte. Es un monumento nacional.
La Maestranza remató esta plaza en 1765, sobre el monte del Baratillo. De aquí salía a hombros Juan Belmonte, para pasmar a su Triana. En este albero forjaron sus leyendas Pedro Romero y los dos Gallos, Rafael y José. Y Pepe Luis Vázquez, el rubito de San Bernardo que debutó en 1937, en noches que ardían bajo las charlas de Queipo de Llano. Este es el santuario de Curro Romero. Si ven brillar la Giralda desde los tendidos de sombra, al atardecer, cuando suena esa música, entrarán en otro mundo: en el templo del toreo. Sacrilegios, no.




