La larga travesía del desierto
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La afición rojiblanca está viviendo un septiembre especial. Ocho años de fidelidad a unos colores a cambio de nada y ahora hasta se permiten el lujo de estar por encima del Real Madrid. Si ahora acabase la Liga, el Atlético jugaría la Champions y los Galácticos ni el trofeo de la Galleta. No es extraño el tirón que se ha producido en el número de abonados. Si hasta Neptuno está deseando sacar su tridente a pasear para presumir un poco ante la Cibeles. Ha sido una dura travesía por el desierto del aburrimiento en el Calderón y aguantar la tiranía de títulos de los vecinos. A poco que la plantilla se apriete los machos saben que van a contar con el apoyo de un grupo de gente especial que son capaces de renunciar a cualquier cosa, pero nunca cambiar de chaqueta. Una genialidad del Niño y una asistencia de Ibagaza son recibidas con olés de admiración.
La única preocupación de la gente atlética es que el Barcelona parece que se llevó el balón y la gente de Ferrando no lo ha encontrado. Ante Villarreal (final de Intertoto) y Málaga las gradas vibraron con el fútbol de toque, combinación y calidad que presenciaron sobre el campo. Contra Levante y la revancha ante la gente de Pellegrini volvieron los fantasmas de años anteriores en cuanto al pelotazo y el rosario para encontrar el camino del gol que parece casi imposible. En el Manzanares gustan los artistas por encima de todo. Los tiempos de Sacchi y Ranieri fueron la peor de las pesadillas y la mejor manera de enfadar a un público entregado a la causa. Las derrotas se asimilan mucho mejor cuando hay acciones que se guardan siempre en la memoria. El Atlético ha visto tantos futbolistas de altura que ahora huye de la mediocridad y el resultadismo.




