Misericordiosa lucha antidoping
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Los deportistas tramposos, en cambio, no admiten la evidencia. Que recuerde, sólo Manzano y unos esquiadores finlandeses reconocieron haberse dopado. Todos los demás, y van unos cuantos cientos, miles quizá, atribuyen los positivos a todo tipo de errores, poniendo en duda incluso la eficacia de los más avanzados laboratorios y las investigaciones de la comunidad científica para detectar los hilos invisibles con los que trabajan los más cotizados druidas del deporte profesional. Y cuando los descubren, bien librados salen si no reciben una querella. Si encima el laboratorio de Atenas hace una chapuza, el margen de clandestinidad con el que se mueven los tramposos es tremendo. Su credibilidad debe de ser cero.
Hamilton, el ciclista que dio positivo en la Vuelta y en los Juegos, no será desposeído de su título olímpico porque no se pudo efectuar el contraanálisis por haberse congelado mal la muestra B. Así de misericordiosa es la lucha antidoping. En caso de duda, o de error, prevalece la presunción de inocencia. Y luego los deportistas que dan positivo se quejan de presuntas irregularidades. Éstas siempre me han causado perplejidad. ¿A que usted jamás se le podrán detectar glóbulos rojos mezclados si nunca se ha realizado transfusión de sangre? ¿O EPO si jamás se ha la administrado? Ya pueden estar mal calibradas las máquinas del laboratorio, que uno no puede dar lo que no se ha metido. Ni en la muestra A, ni en la B.




