Un big-bang más que previsible
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El choque de culturas era un big-bang previsible. Un equipo acomodado, acostumbrado a jugar en un estado de suficiencia y economizador en el esfuerzo se encontraba de frente con un entrenador racial, autoritario y sin pelos en la lengua. El Real Madrid presentaba numerosas incompatibilidades con Camacho. La apuesta de Florentino para el banquillo fue una bomba de relojería. Tarde o temprano, y ha sido muy temprano, la convivencia estaba condenada al fracaso. Desde el primer día de trabajo en verano, el míster captó que sus métodos no eran bienvenidos en el campo, y que sus instrucciones no encontraban respaldo en la política de fichajes. En definitiva, la crisis estaba cantada y solamente un oportuno golpe de mando del presidente podría atajarla, poniendo a cada cuál en su sitio, aunque quizás ahora la situación sea irreversible.
Camacho cree que los jugadores no le obedecen, ya sea por mala fe o por desinterés. No es un problema que haya brotado en Montjuïc ni en Leverkusen. Viene de lejos. El míster quiere un Madrid clásico, peleón, bravo, racial y de esfuerzo al límite. Y lo que tiene es una plantilla guapa, de mucha clase, cargada de talentos, pero huidiza en la batalla. Los jugadores no pasan por el aro de la disciplina y Camacho ha sentido una impotencia angustiosa que le lleva a pensar que no es el hombre para este proyecto madridista. La situación es crítica porque en estos momentos todos están enfadados contra todos. Florentino tiene que sentar a la mesa a Camacho y a los capitanes si le interesa sofocar este incendio. O quizás el técnico ya quede manchado para siempre y lo peor sería que siguiera adelante. El Real Madrid está en su peor crisis de desprestigio.



