Pablo-Perea, pareja para muchos años
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Pablo-Perea. Quédense con esa pareja porque puede que Toni Muñoz haya solventado este verano un problema que perseguía al Atlético desde hace ocho años. Aquella temporada 96-96, la siguiente a la del doblete, fue la última en la que Santi y Solozábal eran los centrales (de total garantía) del equipo. Luego, el madrileño dejó (o le hicieron dejar) el club y el rendimiento del manchego (que había sido tan bueno que la polémica del verano del 96 era si él, Raúl y Lardín debían ir a la Eurocopa y no a los Juegos) comenzó un descenso progresivo que demuestra que Solozábal siempre estuvo infravalorado. El caso es que, en los tres años posteriores, al pobre Santi le pusieron unas parejas de baile que hubieran logrado que Fred Astaire pareciese Leonardo Dantés: Andrei, Chamot y Gamarra. El despropósito sólo tenía un posible final: Segunda.
Los tres años siguientes el fijo fue Hibic, uno de los escasos mortales que tendría problemas para ganarle una carrera al actual Maradona. A su lado se sucedieron el reconvertido Juan Gómez, un García Calvo siempre martirizado por las lesiones y el todavía verde Coloccini. Para terminar, la temporada pasada, Lequi se desinfló como un globo y otra vez a empezar. Cualquiera que me conozca les dirá que no soy un gran defensor de las parejas de largo alcance, pero ciertos ritmos no hay quien los aguante. Así que los rojiblancos encajaron más de 50 goles todas esas Ligas (para que se hagan una idea, el Valencia ganó la última con 27) y, como arriba la cosa no mejoraba, parecía que en lugar de la dichosa manta de Tim, que te tapa la cara o los pies, al Atlético le habían dado un trapito de cocina. Hasta ahora. Pablo-Perea. Quédense con esa pareja. Por mucho tiempo.




