La última traición a la credibilidad
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Una vez dijo el señor Schopenhauer, un filósofo perteneciente a otra especie sin duda, que el honor no se gana: basta con no perderlo. Ese pensamiento le encantaba al espléndido seductor James Dean, que nos dejó en 1955, troceado en una carretera californiana. En pleno Siglo XXI, una generación después de los soñadores Schopenhauer y Dean, el movimiento olímpico se juega su gran activo: el honor, la credibilidad. En el Siglo XX, la luz idealista de las competiciones olímpicas, sus atletas y sus Juegos fascinaron al mundo. Y embrujaron los grandes estadios: desde Berlín hasta Sydney, pasando por Roma, Tokio, Los Angeles, Moscú, Barcelona o Atlanta.
Pero esto ya empieza a caer por la base. El ciclo de Samaranch está atravesado por cloacas. Hubo el engaño de Seúl, con Ben Johnson y sus colegas de final y dopaje. En Salt Lake City, sobornos y Muehlegg. En Sydney, la mascarada lacrimógena de la parejita Hunter-Marion Jones: yo asistí al fraude de aquella rueda de prensa. Hoy sé que fue un timo. Ahora, esto de Londres. Sin limpieza, no hay honor. Sin honor, cae la credibilidad. Sin credibilidad, no hay Juegos, no hay nada.




