Barras y Estrellas en el estadio
Manolo Martínez se proclamó campeón de la Universiada bajo los compases de la marcha Radetzky que cada 1 de enero despide el concierto de Año Nuevo desde Viena. No es que fuera dedicada especialmente a él, sino que coincidió el momento con las semifinales de 5.000 y es costumbre en el estadio de Pekín acompañar la carrera de los atletas con música. Ya es sorpresa encontrar que en China también sea popular la marcha Radetzky, pero lo que causa perplejidad es que entre la música que se pone en el estadio esté Barras y Estrellas, que es la marcha yanqui por excelencia, o la fanfarria olímpica de Los Ángeles 84.
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El público celebra todas estas composiciones, entre las que también se encuentran los acordes más populares de la ópera Carmen, y se lo pasa en grande. Enloquece con el triunfo de los suyos, pero también muestra júbilo con la victoria de los demás, sean estadounidenses, rusos o japoneses. Ni un solo resabio contra cualquier nacionalidad. Y cuando se izan las banderas en honor de los ganadores, máximo respeto. El estadio enmudece mientras escucha el Laudeamus, único himno que suena en la entrega de medallas de la Universiada y que sustituye a los nacionales, como ya es tradicional en esta competición.
Pekín, sede de los Juegos Olímpicos de 2008, sorprende de esta manera al visitante. Es una ciudad abierta, cosmopolita, donde la avenida Jianguomennei poco tiene que envidiar a la Quinta Avenida de Nueva York, con sus tiendas de Versace, Valentino, Gucci, Max Mara, Porsche, con sus locales de McDonald´s, con sus rascacielos a 250.000 pesetas el metro cuadrado, con sus grandes almacenes en cuyas primeras plantas están todas las marcas de alta perfumería... La capital lleva diez años de transformación para recibir al mundo en 2008. Y su integración resulta tan plena que en Pekín nadie se sentirá extranjero.




