Con la música a otra parte
Si el verano ya de por sí es trágico para un adicto al fútbol, resulta ahora que el cambio de artistas que conlleva el maldito parón (los de las pelotas dejan paso a los de los instrumentos) puede entorpecer el buen desempeño de la añorada competición. El riesgo está ahí y es enorme: los conciertos de hoy destrozan los terrenos de juego sin piedad. Puede que no vuelva a crecer la hierba tras el voraz paso de miles de jóvenes botando al son musical del momento sin reparar en la importancia del medio metro cuadrado que tienen bajo sus pies.
En él la podría matar Zidane, levantarla Rivaldo, picarla Djalminha o romperla el Kily. Y es que la liturgia del fútbol exige el respeto debido al templo que es el estadio, al verde que es el centro de atención como la arena en tiempos de gladiadores con red y leones con hambre.
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Cada cosa, en su lugar. Y más si se trata de fútbol. Para el amor, la cama, con o sin sábanas. Para comer, la mesa, con o sin mantel. Pero para el fútbol, el piso debe ser de una hierba cortada con mimo (más alto en suramérica, más corto en Europa) y verde inglés como el de un Jaguar Sovereing. Es el tapiz imprescindible. Y las calvas, desniveles, boquetes y hasta agujeros, el mayor enemigo de quien ama el balón de fútbol y no el de rugby.
Así las cosas, los macroconciertos son como la legionella del balompié, una plaga de langostas para una cosecha. A este paso, cada campo debería tener su espantapájaros, un vigilante de lo verde. Que se vayan con la música a otra parte. Que recuperen los rockódromos o los aparcamientos de los Carrefour. Pero el bendito césped no lo toquen más.



