Ciclismo | Tour 2005. 21ª etapa

Es un placer

Armstrong, siete veces ganador del Tour, se despidió ayer

<b>BROMA FINAL. </b>Lance Armstrong muestra ocho dedos, pero no es verdad, no volverá a por el octavo Tour.
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Celebramos su primer triunfo en el Tour como la culminación de una hermosa historia, la del hombre que venció a un cáncer que dos años antes le había invadido los testículos, los pulmones y el cerebro. Un asombroso ejemplo de superación, dijimos. Sin embargo, nuestro entusiasmo fue decreciendo según se iba repitiendo la proeza, como si la repetición no multiplicara el mérito, al contrario, como si cada vez lo hiciera más amenazante y sospechoso. Los franceses temían que el monopolio de un estadounidense arruinase su carrera y devorase a los grandes mitos de la prueba, dos de ellos franceses, Anquetil e Hinault; los españoles temblábamos por nuestro Indurain y los puristas en general rezaban por Merckx, el dios caníbal.

Armstrong superó a Fignon, luego a Lemond y Bobet y por fin al cuartero de divinidades. Insoportable. No recuerdo si fue después del tercero o antes del quinto, pero alguien sugirió que, como ex enfermo de cáncer, el americano tal vez estaba autorizado a tomar sustancias prohibidas que mejoraban su rendimiento, algo así como dóping por prescripción facultativa. La teoría tuvo éxito y pasó por alto los constantes controles que supera Armstrong cada año o lo descabellado de imaginar que la organización del Tour permitiera semejante privilegio, cuando era precisamente el Tour (Le Tour) uno de sus enemigos no declarados. Daba igual, se dopaba y había testigos.

No seré tan incauto de santificar a Armstrong, tan limpio o tan sucio como los campeones anteriores y como los ciclistas que le siguen de cerca en la clasificación, tan necesitado como ellos de los médicos y como ellos culpable de no regenerar su deporte. No, Armstrong no es un santo, pero tampoco un ventajista. Y el cáncer, además del modo en que haya modificado su cabeza y su cuerpo, le ha servido, por empeño propio, para trascender el deporte y convertirse en un motivo de esperanza para quienes sufren esa enfermedad, para ser un actor social, díganme cuántos deportistas de éxito lo son, cuántos hubieran puesto de moda en todo el mundo una pulsera amarilla que recauda fondos para la lucha contra el cáncer.

¡Vive le Tour!

Armstrong subió ayer al podio y, en contra de la costumbre ceremonial, tuvo la oportunidad de hablar. Allí arriba, con el Arco del Triunfo al fondo, no se acordó de su madre ni bendijo América, no. Después de dedicar palabras muy cariñosas a Ullrich ("un amigo") y a Basso ("el futuro"), se refirió "a los escépticos y a los cínicos, a los que no creen en los milagros". Y acabó con un grito: "¡Vive le Tour!". Yo, que fui tan reacio al principio, ya me había rendido a Armstrong hace tiempo, pero conozco a otros que lo hicieron justo ayer, en el último instante.

Por lo demás, Vinokourov ganó de forma sorprendente la etapa y nos dio nuevos motivos para nacionalizarnos kazajos. Sólo las grandísimas estrellas pueden burlar a los sprinters en París. Pereiro fue honrado en el podio como el ciclista más combativo, premio para el que propongo a Leblanc (y sin compromiso) el maillot negro con una calavera y dos tibias cruzadas. El balance de los españoles fue notable. No recuerdo si pasaron más cosas, porque yo sólo me fije en Armstrong, y un poquito en Sheryl. Definitivamente, creo en los milagros. ¡Vive le Tour!

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