Veinte años sin Jesús Rollán: “Era una criatura mitológica”
Tommaso Negri, compañero del campeón olímpico en la Pro Recco italiana, rememora la figura del icónico portero español, fallecido en 2006.

Quizás se haya dicho todo sobre Jesús Rollán, quien se quitó la vida en un centro de La Garriga (Cataluña) el 11 de marzo de 2006. Llevaba tiempo ingresado para salir de un laberinto sazonado con drogas, depresión y vacíos existenciales. En la memoria queda el haber competido en cuatro Juegos Olímpicos con la selección española, con la que ganó una plata de Barcelona y el histórico oro de Atlanta’96, junto a Estiarte, Pedro Aguado o Miki Oca, entre otros. También el haber sido, probablemente, mejor portero de la historia. Siempre con permiso de leyendas como el húngaro Attila Szécsi, Stefano Tempesti, Craig Wilson o Alberto Alberani.
Hay un capítulo incompleto -de su vida- que aguarda aún las últimas líneas. Se ambienta Recco, una pequeña ciudad de nueve mil habitantes que se acuesta y duerme junto a Génova, tierra de cantautores, de brisa y mar. Allí jugó Rollán prácticamente en el tramo final de su carrera. Sí, en el club más potente de todos los tiempos: 37 scudetti, once Champions, 19 Copas… Un vergel frondoso e infinito en medio de ninguna parte. Eso, lógicamente, engalana el relato.
Fue de 2001 a 2003, cuando se acercaba esa célebre y mediática rueda de prensa de adiós -junto a su familia- en la que llegó a decir esto: “al final, lo único que hice en mi vida fue nadar”. Por entonces, ya había abandonado su querida Liguria para volver a Sabadell. Hablaba italiano. Había dejado amigos y compañeros allí. Uno de ellos, Tommaso Negri (Génova, 1986), sigue en activo en el mismo lugar donde lo conoció. Entonces, con apenas 18 años, era el tercer guardián de la puerta. Ha querido recordarlo con AS. Probablemente para que termine de cicatrizar la abrasión. “Yo también estoy a punto de retirarme”.
Debutas en Serie A en 2002. Fue la segunda y última temporada de Jesús en la Pro Recco. ¿Qué recuerdas?
Ya venía de ganar el scudetto. Estuve con él toda la temporada 2002-03. Logramos también la Champions en Génova (final contra el Honved de Budapest ganada 9-4). Yo era un niño, apenas mayor de edad. Increíble, porque para mí entrenar con un campeón olímpico era lo máximo. Ganar una medalla en unos Juegos lo convertía, para mí, en una criatura mitológica. Sí, ese era Jesús. Una persona con carisma y energía. Una fuerza que te llevaba a superar cualquier límite. Para nosotros, porteros más jóvenes, era lo que siempre habíamos querido ser.
Más allá de sus dotes impresionantes, ¿qué persona te encontraste?
Su humildad y disponibilidad, especialmente con los jóvenes. Yo lo admiraba, y tranquilamente podía no perder tiempo conmigo. Sin embargo, no. Se paraba, se detenía, me aconsejaba. Pasamos muchos días juntos de ese curso. Me daba fuerza, me consolaba cuando era necesario… Estábamos muy unidos. Todavía recuerdo el regalo que me hizo antes de marcharse de Recco. No me lo esperaba, porque el año siguiente llegaba Tempesti. Él sabía que iba a marchar. Después, seguimos en contacto durante un tiempo.

¿Hasta su trágico final?
Poco antes, porque él iba a venir a entrenar el Chiavari, una escuadra cerca de aquí. Fue tres años después de abandonar Italia. No sé si lo sabes, pero ya había comenzado la carrera de entrenador. No terminó de iniciar del todo, porque un mes después tuvo esa crisis que sabemos cómo terminó. Con el ingreso en la clínica y…
¿Te quería en el equipo?
Sí, claro. Iba a ser mi entrenador. La historia, desgraciadamente, fue bien distinta. Me habría encantado ser su portero… Con todo lo que él me había enseñado años atrás cuando estábamos en Recco… Ha dejado un recuerdo imborrable. ¡Qué jugador! Era único. Verlo en cada entrenamiento era un espectáculo. Humano, disponible, tótem. Un aura increíble en un equipo que -en 2003- estaba plagado de estrellas. Campeones olímpicos húngaros (Tibor Benedek), serbios (Vladimir Vujasinović), pero él me llamaba la atención especialmente. Más que nadie. Ojo porque había ganado todo: Juegos, campeonatos del mundo, Champions…
¿Qué te regaló?
Una foto suya de una parada en un partido. También un bañador, las gafas y el gorro que se ponía. Lo tengo en casa todo muy bien conservado. Desde entonces, no lo volví a ver. Jamás.
¿Por qué no se terminó de concretar lo de su regreso a Italia como técnico?
No sé si llegó a estar un mes como entrenador, pero sin venir a Chiavari físicamente. Creo que era el inicio de todo… De agosto a septiembre, algo así. Estaba con los primeros preparativos de la pretemporada, y ni siquiera llegó a venir a Italia. Eso recuerdo. No sé lo que sucedió después, y si tiene que ver con la dificultad que a veces tiene el deportista de élite cuando se retira. No conozco su esfera privada. Tampoco soy nadie para opinar sobre este asunto.
Conociste a su familia.
Sí, aparentemente personas tranquilas y equilibradas. Lo que sí te puedo decir… Ahora que se acerca mi final deportivo… Es que cuando uno está acostumbrado a una cierta dinámica de partidos, viajes, entrenamientos, piscina, agua, y lo dejas… Pues lógicamente da miedo. He hablado con otros jugadores que están viviendo todo esto que digo.
¿Qué te dicen?
El día que lo dejas es bonito. Al siguiente, también, pero luego pasa el tiempo. A un cierto punto te encuentras en el sofá sin el bañador puesto, y entonces te preguntas: “¿qué narices hago con mi vida?”. No todos son capaces de gestionar o emprender otros retos cuando durante treinta años hiciste otra cosa, la misma. Esta es mi opinión, porque repito que no conozco los entresijos del final trágico que tuvo. Eso sí, me apetece recordarle, porque es un monumento, un icono. Técnica enorme y fuerte personalidad.
Era un portero moderno.
Puede que de los mejores de siempre. Muy reactivo, explosivo… Después lo tuve como rival también, y me encantaba verle cómo celebraba, su felicidad infinita por una victoria. Competitividad, visceralidad. Jesús adelantó los tiempos. Salvando las distancias, Unai Aguirre me recuerda a él. Sí, el portero de la Barceloneta y la selección. Parece emularle. Es un fuera de serie también. Me recuerda en muchos sentidos a Jesús. Sin duda.
En 2017, el diario Il Secolo XIX publicó un artículo titulado así: Gli amici di Jesús al fianco di Asia. Una preciosa iniciativa de recaudación de fondos para su hija, huérfana de padre. Casi 18.000 euros. Amigos y ex compañeros, pero también adversarios del Posillipo. Sobre todo, esa Pro Recco de Benedek, Calcaterra y Giustolisi. De Marco Baldineti entrenador y Angelini capitán. De los genoveses en la directiva. Poco después, la familia mandó una carta que AS ha podido leer. Muy emotiva, porque Rollán se sintió adolescente nuevamente allí (llegó con 33 años). Recobró autoestima.
Lo de sus adversarios lo comparto también. Conozco bien esta historia, porque yo estuve muchos años en el Posillipo de Nápoles antes de regresar a Génova. Tenía un defecto, aunque en realidad era una virtud. Al rival lo llevaba al límite. Casi te humillaba, te tomaba el pelo, pero también era el primero en reconocer si habías sido superior. Era excesivo. Iba al límite en esto. Te lo reconocía sin ego. Era generoso, sí. También tenía la capacidad mental, tras cada choque, de separar el lado deportivo de la amistad o la familia. Relativizaba en este sentido. Un maestro, por eso todos le respetaban tanto.
Además de lo narrado, algo suyo que te haya ayudado hasta hoy.
Creer. Para mí no fue fácil, porque tenía 17 o 18 años, y entonces estaba rodeado de monstruos. Me ayudó a saber cómo concentrarme, a no desmoralizarme, especialmente cuando me sentía inferior a esos chicos tan grandes. Jesús Rollán, en su cotidianeidad, era un ejemplo de liderazgo, un condottiero. Carisma total, ganador nato, puro entusiasmo, ganas de competir.
¿Tú conocías la historia de ese grupo español de waterpolo? Me refiero a los meandros más oscuros que se anidaban en las cabezas de algunas estrellas. No sólo Rollán. Problemas de salud mental, que al final te llevan -por ejemplo- al consumo de cocaína. Solo por citar el ejemplo de Pedro Aguado.
Sobre el tema de Jesús, no sé qué problemas tenía. Si tenía o no fragilidades externas. No vi nada. Lo que es seguro es que conmigo, un adolescente, no los compartía. Algo lógico, por otra parte. Quizás tuvo otros jugadores de referencia por encima de mí. Respecto a lo demás, todos somos muy buenos a camuflar problemas. Lo único que te puedo decir es que antes se hablaba poco de salud mental. Si entonces hablabas de depresión, la gente te miraba sorprendida, como un desastre. Hoy todos tenemos una asistencia viva para minimizar estos riesgos. Lo que me planteas en esta pregunta… Decir que, quizás, entonces uno estaba más abandonado a sí mismo. Una vez se apagaban los reflectores de los Juegos Olímpicos, la Nazionale, los clubes…
La gente te olvida cuando ya no eres útil.
No es que se olvide, pero deja de llamar cuando no eres necesario. Esto puede llevarte a un malestar interior importante. En este sentido, es peor quien lo esconde dentro.
¿Cómo recuerdas el día del suicidio?
Me acuerdo que Alberto Angelini, entrenador del Savona hoy, me lo dijo. Entonces era el capitán del Recco. Tenía más relación con él y toda la familia. Nos contó que no había superado el proceso del tratamiento en la clínica. Fue trágico. Nosotros hablábamos, pero no a diario. Sí sabíamos que estaba en esa situación, y todos esperábamos verlo curado, recuperado. No fue así. Muy doloroso. Un drama. Yo ya no estaba en Génova.
Hace algunos años en el magazine Undici leí un precioso artículo sobre tu club. Lo escribió un periodista que contaba cómo su padre, psicólogo, tenía un jugador de la Pro Recco como paciente. Eran los sesenta, años de fuego donde se fue forjando la fuerza, la psique que después se curtiría en las aguas de la piscina Sciorba (sede local del club de Liguria). El Boom italiano, con varios fenómenos en sus filas: Eraldo Pizzo, Franco Lavoratori… Recuerdo que, algunos, tenían repugnancia física de nadar.
El ser humano es complicado. A mí muchos me dicen: “entenderás lo que significa esto del miedo cuando te retires”. Sentirás una ansiedad permanente por entrenar. Tendrás dificultad para quitarte el bañador. Hoy ya no es tabú. No es necesario esconder nada. Hablarlo, naturalizarlo, es importante. El deporte también es esto. Por suerte, porque somos humanos.
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