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Juanjo Díaz: “Con la plata de Amberes apareció en España el poder integrador del fútbol”

EL PRIMER ÉXITO ESPAÑOL

Juanjo Díaz: “Con la plata de Amberes apareció en España el poder integrador del fútbol”

Juanjo Díaz: “Con la plata de Amberes apareció en España el poder integrador del fútbol”

Felipe Sevillano

La primera gran Selección consigue la plata en Amberes. ‘Jóvenes Promesas’ es un relato novelado de cómo se sucedieron los hechos.

—¿Qué ambiente había en España en 1920?

—La gente de la calle no tenía recursos para casi nada. El final de la Primera Guerra supuso un parón total en la economía española, cuya industria abastecía a gran parte de la Europa que luchaba. Había una pequeñísima clase media y otra, la aristocrática, que hacía deporte, que tenía tiempo libre… Y es periodo de revueltas, de huelgas.

—¿Cómo se documentó?

—Empecé a meter la nariz en la Federación a principios de los 90. Hubo un momento clave, cuando conocí a un historiador del deporte muy famoso, Félix Martialay, que trabajaba en una gran enciclopedia de los Juegos de Amberes. Y me di cuenta de que había huecos, que había cosas que no estaban claras.

—¿Qué hay de realidad y de ficción en la novela?

—Lo más importante para mí es que tenía que ser una novela históricamente impecable. Todo lo que se cuenta de la Selección es verídico, como los elementos políticos que se manejan.

—¿Por qué elige a Elena para narrar la historia en primera persona, más siendo aquel un mundo tan de hombres?

—Para intentar dar una visión general de las cosas. Para que no fuera una versión de vestuario. Elena era ajena al fútbol y al deporte, y por las circunstancias de salud de su padre se acerca… Lo cuenta según lo descubre, y lo vamos descubriendo con ella.

—¿Existió Rampoleón, el reportero que es padre de Elena?

—No. Pero sí Rubrick, Hándicap, Juanito Balompédico, Juan Deportista… Todos estos cronistas existieron. A veces creas un personaje, como Rampoleón, y le das vida con elementos reales de otros que existieron.

—Hay un romance entre Zamora y Elena que vertebra la obra. ¿Ocurrió así?

—Es una licencia, pero hay una base curiosa y real. Zamora, en sus primeras memorias, que son del 31 estando ya casado con Rosario de Grasa, cuenta sus aventurillas y cómo en su primer viaje a Madrid conoció a una extranjera en un hotel que estaba en la calle Carretas. Y me dije: “¡Esta es la mía!”.

—¿Cómo se formó aquella selección?

—¡No sabían cómo hacerlo! Se fijaron en cómo lo hacían otros países. Había opiniones que decían que había que mandar al Real Unión, porque sabía jugar en campo blando. O al Athletic.

—¿Cómo lo resolvieron?

—Triunfó el sentido común y escogieron a los mejores para cada puesto. El poder entonces lo tenían las federaciones del Norte, las que englobaban País Vasco y Santander, y querían que todos los jugadores fueran vascos.

—¿No era una selección unida?

—La gran lección es que terminaron uniéndose. La historia tiene algo de Invictus, pero a la española. Todo terminó siendo un acontecimiento en España. Fue el empujón del deporte a nivel espectáculo. Hasta ese momento sólo iban a las olimpiadas los militares, los aristócratas… Algún loco suelto. Y van estos, que habían jugado en la calle, y consiguen hacerse respetar y que todo el mundo hable de ellos. Y aparece el fútbol con ese poder integrador que no tenían otros deportes.

—¿Cuál fue la clave?

—Hay que reivindicar el personaje de Bru. Fue un gran mediador y un conocedor del fútbol. Se preocupó en hacer un equipo desde el punto de vista realmente técnico. Te quedas asombrado. Mezcló perfectamente la veteranía de Belauste, de Arrate, el poderío físico de Otero… Y encuentra también la excusa para meter a los nuevos talentos, como Zamora, aunque también lleva a Izaguirre, un meta brillante de la Real que era muy respetado en el Norte. Pero Zamora era el chico maravilla y lo llevó.

—Tuvo que hacer equilibrios…

—Y cuando llegó a la delantera dijo: me falta un ambidiestro que sea veterano. Y tramó un plan para conseguir que los compañeros del Athletic engatusaran a Pichichi, porque se acababa de casar. Había sido la boda del año en Bilbao, y se había retirado. Pero consiguió que lo invitaran a los entrenamientos en Vigo cuando vuelve del viaje de novios y le va picando. Ya juega el segundo partido de preparación en Vigo. Y se lo lleva.

—¿Qué se encontraron los jugadores al llegar a Amberes?

—Que les esperaban unas condiciones deplorables en su residencia, frente al lujo que disfrutaban otras selecciones, como la francesa, que tenía cocinero propio y sala de masajes. Les tenían preparadas unas escuelas, las de Santa Catalina. Amberes había sido una ciudad sitiada por los alemanes durante la guerra, y luego tomada. Por los alemanes del casco de pincho, era la I Guerra Mundial, no por los nazis. Todos los edificios públicos estaban reformados para los militares, y este era un colegio habilitado para la caballería, con grandes abrevaderos para los caballos y, como no había duchas, allí es donde se tenían que refrescar. Dormían en camastros donde no cabían sus cuerpos, y alguno juntó dos en forma de ele para poder descansar. Estos chicos, además, estaban acostumbrados a comer mucho. Y tenían un desgaste físico enorme de día, y de noche, porque salían mucho, créame. Y no les valía con el rancho que les daban allí.

—¿Cómo reaccionaron?

—Hubo un amago de protesta, de huelga. Se plantaron. Ya le digo que los comités olímpicos estaban acostumbrados a los militares, que no protestaban, y a los aristócratas, que si no estaban contentos se lo pagaban de su propio bolsillo.

—¿Cómo se seguía lo que sucedía en las olimpiadas?

—Era un desastre. No existía la radio, el teléfono era un bien escaso y se acababan de crear las primeras agencias de noticias. Había una que se llamaba Havas. Había mucho desconcierto. Algunos periódicos en España dijeron que la Selección había ganado a Bélgica y fue al contrario. Se informaba en breves, que así se llamaban, para tratar lo más urgente del día.

—¿Entonces?

—Aquella hazaña se siguió por el boca a boca. Tú estabas en el café Lion D’Or, por ejemplo, que era donde se reunía el mundo del fútbol en Madrid, y venía un tío y decía: “Oye, que fulanito ha recibido una llamada en la que le han dicho que los franceses han eliminado a Inglaterra”. Y a partir de ahí se corría la voz. Y en el periódico aparecía un breve: “Se comenta”, “Se dice”. Y luego: “En las próximas horas intentaremos confirmar la noticia”.

—¿Existió el Cabaret de Carmencita que tanto frecuentaban los jugadores estando ya en Amberes?

—Existió el Cabaret y existió la mujer. Me tomé la licencia de convertirla en una cabaretera de origen aragonés… Pero Zamora deja caer una frase cuando vuelve con la Selección a jugar a Amberes en 1924. Dice que le encarga la simpática dueña del Cabaret del puerto que le lleve el disco de “Valencia”, el gran éxito mundial en ese momento… Y dice que ya la conoció en las olimpiadas. E iban con frecuencia a ese cabaret. ¿Por qué? Porque pagaban mucho menos. Era un sitio peligroso, el cabaret del puerto.

—Frecuentado por curtidos hombres de mar…

—Tenían mucho más cerca los caros, como el Ambassador. Pero en el Carmencita tenían barra libre.

—¿Cuáles fueron las claves del torneo para España?

—Para empezar ganaron a Dinamarca, una de las potencias de la época. Luego, creyéndose los mejores, perdieron ante Bélgica, y a partir de ahí lucharon por la plata.

—Y empezaron jugando ante Suecia por ella…

—El partido más salvaje, probablemente, del fútbol español.

—¿Qué pasó?

—Suecia dijo que se retiraba por un arbitraje penoso. Los españoles no tenían partido y se fueron de fiesta. Y estando ya muchos cocidos, pero cocidos de verdad, de no mantenerse en pie, ya muy tarde, llegó la noticia de que sí, de que Suecia jugaba. Y a las diez de la mañana. Se montó un lío y hubo que retrasar el partido un día.

—¿Cómo fue el partido?

—No estuvo claro que se fuera a jugar hasta el final. Los jugadores españoles se reunieron en la puerta del estadio olímpico de Amberes, todavía fuera, en un círculo espectacular. Y deciden que van a jugar. Entran, se cambian, y lo que antes era anarquía en el campo, discusiones entre futbolistas de diferentes federaciones, se convierte en una piña contra Suecia. Los suecos eran entonces la nación más poderosa físicamente. Eran los inventores de la gimnasia sueca. Unos gigantones. Y empiezan a dar patadas con mucha rabia.

—¿Y?

—Llega un momento en el que las patadas son a la altura de la cara. A Belauste, que era un gigante de dos metros al que los españoles llamaban Camioncito y los suecos apodaron Elephant, que jugaba en el medio y por allí no pasaba nadie, le tiraron tres o cuatro veces al suelo con serio peligro, y llega un momento en el que dice: “Chavales, al hombre”. Y se desató la tormenta.

—¿Qué hizo el árbitro?

—Era italiano, y el ganador de ese partido jugaba al día siguiente ante Italia. Y dijo: “Yo no veo nada”. Terminaron a puñetazos, patadas … Ocho españoles de pie contra siete suecos.

—¿Cómo afrontaron los españoles el resto de partidos?

—Lo de Suecia les une y España se convierte en una máquina engrasada, especial. Nos quedan dos partidos. El primero contra Italia, que tenía varios jugadores de origen argentino, que además tenían cierto conocimiento de los españoles por las juergas nocturnas por Amberes.

—Vaya…

—Había un pique sano. Iban todos a ese cabaret del puerto… Pero en el campo fue lo contrario. Zamora sacudió un guantazo a un italiano y le expulsaron. Y como Izaguirre se había marchado para España porque veía que no jugaba, ya que era sastre y había problemas de huelgas en San Sebastián, se tuvo que poner Silverio. Fueron lo peores 10 minutos que pasó Zamora en un campo. Se puso detrás de Silverio para decirle lo que tenía que hacer. Hasta que el otro le dijo: “¡Que te calles, me pones nervioso!”.

—¿Pudo jugar Zamora el último partido ante Holanda?

—Sí, no había sanciones. La curiosidad es que el árbitro que le expulsó tenía un tic nervioso y guiñaba el ojo. Y Zamora se creía que era de broma. Gritaba: “¡Expulsé, expulsé!”, y Zamora, viendo aquel guiño, pensaba que no iba en serio… Y el árbitro se enfadaba más, y más, y guiñaba más el ojo… Surrealista.

—¿Y ante Holanda?

—Fuimos nosotros la Naranja Mecánica, claramente, según cuentan las crónicas.

—¿Y ahí nació lo de la Furia española?

—La Furia española fue en realidad la Furia de los tercios de Flandes, que quemaron Amberes en la época de Felipe II y Felipe III en la que aquello era español. Hubo un tercio que atravesó desde Italia hasta Amberes para rescatar a la guarnición española, que se había quedado atrapada en el castillo de Amberes. Aquella fue la verdadera Furia española del Duque de Alba. Y uno de los cronistas utilizó esa expresión después del partido bronco ante Suecia. No queda claro de dónde viene el nombre, pero para mí esta es la opción más verosímil. Realmente, fue un equipo de fuerza y técnica, pero sobre todo, de mucho pundonor.

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