Pat Riley: Armani, gomina y Showtime
Uno de los mejores entrenadores de la historia del baloncesto ya tiene su estatua en L.A. al lado de las de, cómo no, Magic Johnson y Kareem-Abdul Jabbar.


El de 1980, con una exhibición histórica para cerrar las Finales de un Magic Johnson todavía rookie, fue el séptimo anillo para unos Lakers que han ganado diecisiete en total. También fue el primero de una nueva era. El Doctor Buss, Magic, el Showtime, Hollywood: los Lakers, tal y como los conocemos y la NBA, tal y como aprendimos a quererla. Mucho más que un nuevo comienzo para un equipo que triunfó en Mineápolis en la prehistoria (cinco títulos entre 1949 y 1954) pero que después se estrelló hasta el trauma con los Celtics de Bill Russell, que les ganaron seis Finales entre 1959 y 1969.
Tanto que para el exorcismo de 1972, con Jerry West y Wilt Chamberlain (Elgin Baylor se retiró en el inicio de aquella temporada), se recurrió a dos históricos de los Celtics: KC Jones era asistente y Bill Sharman un entrenador que aplicó en L.A. el libreto de Red Auerbach; y que después fue general manager durante esos cinco anillos de los 80, con las tres Finales contra los Celtics de Larry Bird (2-1 para los del Oeste) que redimensionaron una NBA que parecía herida de muerte a finales de los setenta. Se podría decir que Magic y Bird desbrozaron y asfaltaron el camino que después Michael Jordan convirtió en una autopista sin límite de velocidad. Pero la realidad es que, sencillamente, Magic y Bird fueron el camino.
Antes de eso, los Lakers habían sido una franquicia acostumbrada a perder por culpa de los Celtics, el equipo que consiguió que el legendario Jerry West (cuya silueta es el logo de la NBA) se retirara con ocho Finales perdidas de nueve disputadas. Y que odiara de forma obsesiva el color verde de su rival de Boston. West, precisamente, había entrenado a los Lakers en tres años (1976-79) de baloncesto monocorde (balones a Kareem) y con un entusiasmo tan bajo como el que su técnico tenía por un cargo que sentía como una obligación impuesta. Una franquicia zombie que había aprovechado su llegada a la soleada California en 1960 para hacerse con gigantes históricos como Wilt Chamberlain y Kareem Abdul-Jabbar, pero que solo había añadido un título en su nuevo destino a los cinco ganados a lomos del primer gran pívot dominador, George Mikan, en los años 50.
Tras nacer en Minnesota como retoño de un equipo que había tirado la toalla en Detroit (los Gems de la NBL), y con un nombre que quedaría completamente descontextualizado a cuestas (en L.A. no hay ni un solo lago), los Lakers hicieron una mudanza de más de 3.000 kilómetros de la mano de un propietario nacido en Mineápolis pero preocupado por el hundimiento de la asistencia al pabellón tras la retirada de Mikan. Bob Short, que hizo carrera política con el partido demócrata, se había hecho con el equipo en 1957 y lo vendió en 1965, ya en California y simplemente porque alguien accedió a pagar el precio desorbitado que había fijado para, todavía con dudas sobre qué hacer, espantar a los pretendientes: 5,1 millones de dólares por una franquicia que seguía perdiendo Finales pero que en la temporada 1964-65, antes de la venta, había ganado más de medio millón de dólares. Un lujo en aquella NBA, una muestra de que el mercado de Los Ángeles siempre merece una inversión.
El puente hacia Buss, Magic... y Riley
El comprador fue Jack Kent Cooke, canadiense que se había afincado en Beverly Hills y que empezó viendo a los Lakers como poco más que un salvoconducto hacia su verdadero sueño: llevar la NHL a California. Considerado un genio de los negocios, era en la distancia corta un personaje complicado y de trato muchas veces abusivo, sobre todo a raíz de un fallo cardíaco masivo que sufrió en 1973 y tras el que su comportamiento fue todavía más errático. Cooke era un maestro de las ventas, un pionero en el marketing. Bajo su gobierno, los Lakers empezaron a tener noches de 3 entradas por 1, pase gratis para las embarazadas que acudían con sus maridos o acceso libre para quienes asistieran a un partido con un gato negro si caía en viernes 13. En 1967, Cooke ya tenía a sus Kings en marcha después de pagar a la NHL dos millones de dólares y de levantar en la decrépita Inglewood, a 21 kilómetros del downtown de L.A., el Forum. Una inversión de 16 millones para construir un pabellón circular que acabaría siendo legendario, con sus icónicas columnas (que se ven al este desde algunas zonas de aterrizaje del aeropuerto de Los Ángeles) y su ya por entonces gusto por lo ostentoso: “será la mayor construcción desde el Coliseo de Roma, en 200 o en 2.000 años dirán que esta fue una de las grandes obras arquitectónicas del siglo XX”, dijo Cooke, que se había criado entre una pobreza extrema y que a los 32 años ya había hecho su primer millón de dólares a base de comprar y relanzar emisoras de radio y revistas en apuros económicos.
Sin noción alguna sobre baloncesto pero brillante en la gestión empresarial, durante sus catorce años al frente de los Lakers solo vivió tres temporadas con balance perdedor, jugó seis Finales, aunque solo ganó la de 1972, y acabó con un registro de 673 victorias y 472 derrotas. A finales de los 70, a pesar de esta notable hoja de servicios, la venta de los Lakers parecía inevitable. Cooke se había mudado a Las Vegas, entre otras cosas porque allí los tribunales protegían con más munición legal sus propiedades, sitiadas por su mujer en un proceso de divorcio monstruoso que se extendió durante dos años y medio y de punta a punta de más de 12.000 páginas de documentación.
Considerado el hombre más poderoso del deporte, defendía la mitad de una fortuna que se valoraba en más de 100 millones de dólares de la que todavía era su esposa mientras acunaba la idea de romper todos los vínculos con California y centrarse en su nuevo retoño predilecto: los Redskins de la NFL, de los que se había convertido en propietario principal en 1974. Para entonces, había saldado con el título de 1972 su gran cuenta pendiente en los Lakers, especialmente después del desastre histórico de 1969, cuando los Celtics de Bill Russell (ya entrenador-jugador sin Red Auerbach) ganaron su undécimo anillo en trece años, viejos y agotados, a costa de unos Lakers ultra favoritos y que presumían de big three: Jerry West, Elgin Baylor, Wilt Chamberlain.
Pero que volvieron a perder, también con su nuevo trío de superhéroes. Después de desperdiciar mil ocasiones para poner la Final de su lado y en un séptimo partido en Los Ángeles en el que Cooke cometió un error que es historia del deporte estadounidense y que hizo montar en cólera a Jerry West. El propietario, en un ataque de soberbia que no cuadraba con los precedentes, colocó en el techo del Forum miles de globos amarillos y morados con la inscripción “World Champions Lakers”. Además, ordenó que se repartieran flyers con las instrucciones detalladas de la celebración: “Cuando, y es cuando y no si, los Lakers ganen el título, los globos caerán del techo, la banda de la Universidad de South California tocará “Happy Days Are Here Again” (los días felices han vuelto) y el locutor Chick Hearn entrevistará, por este orden, a Elgin Baylor, Jerry West y Wilt Chamberlain”. Esos flyers llegaron como obvio combustible motivacional al vestuario de los orgullosos Celtics. Durante el calentamiento, Bill Russell señaló con el dedo a las redes que colgaban del techo y le dijo a West que “esos putos globos” se iban a quedar donde estaban. Sus inagotables Celtics, que ya habían ganado de milagro y con polémica un cuarto partido del que deberían haber salido con un letal 3-1 en contra, se llevaron la victoria y dejaron al Forum sin fiesta.
Pero precisamente, y esa conjunción cambió para siempre la historia del deporte en Estados Unidos, mientras a Cooke se le agotaban las ganas de seguir al frente de los Lakers crecía la ambición de Jerry Buss, que acababa de cumplir cuarenta años y trataba de convertir en una sensación a sus LA Strings, el equipo del World Team Tennis que fue su experiencia probeta en el deporte profesional. Claire Rothman, directiva de los Lakers y vicepresidenta del Forum, ejerció de Celestina con un rol entre bastidores que transformó la NBA para siempre. Harta de los abusos verbales y el comportamiento cada vez más irascible de Cooke, se reunió con Buss para ofrecerle fechas libres del Forum en las que podría organizar eventos de tenis. En un abrir y cerrar de ojos había puesto en contacto a los dos magnates; y el 27 de mayo de 1979 se había hecho oficial una complejísima venta de los Lakers, los Kings, el Forum y, de rebote, el rancho Raljon, otra propiedad de la que quería deshacerse Cooke. Buss pagó a título personal 24 millones por los Lakers y los Kings, y junto a sus socios se hizo por otros 43,5 millones con el Forum y ese Raljon Ranch de Bakersfield. Además, asumieron 10 millones de hipoteca del pabellón y movieron propiedades “como si fueran cromos”, en palabras de quienes vivieron una transacción en la que Cooke, por ejemplo, se quedó con el icónico edificio Chrysler de Nueva York y su nueva pareja recibió de regalo una casa en Las Vegas.
Cooke hizo un último servicio a los Lakers cuando convenció al resto de propietarios de que aprobaran una operación que estuvo casi vetada. En tiempos en los que la NBA generaba poco dinero pero sus propietarios usaban esa distinción como una seña de categoría social, preocupaba que el carácter estruendoso y mujeriego de Buss afeara todavía más la imagen de una liga acosada por la falta de público, los problemas de drogas y la desafección de los jugadores. Cuando Cooke recibió el visto bueno de sus iguales, Buss se sentó en la pista del Forum con una botella de Jack Daniels y solo una luz del marcador encendida. Y bebió hasta que acabó gritando “esto es mío. ¡Esto es mío, joder!”. La NBA, nadie lo sabía entonces, acababa de cambiar para siempre.
Jerry Buss se parecía a Cooke, casi en nada más, en que había tenido una infancia difícil y en que se había hecho a sí mismo cambiando el guion de una vida que no parecía tener grandes cimas en el horizonte. Nacido en Salt Lake City, pasó por California y maduró en Keemerer, un recóndito pueblo de menos de 3.000 habitantes en Wyoming. Allí trabajó en las vías del ferrocarril, jornadas duras y tres o cuatro peleas al día, hasta que se centró en los estudios gracias al profesor Walter Garrett, con el que se fue a vivir harto de tener problemas con su padrastro. Brillante (“nunca entregó un examen con un error”), se sacó el título de química en dos años y medio y, entre partidas de póker en las sacaba dinero de 50 en 50 dólares a sus profesores, se mudó a Los Ángeles y completó su doctorado en una Universidad de South California (USC) de cuyos equipos se hizo devoto, del icónico football al atletismo.
De carácter opuesto al de Cooke, era un vividor al que le gustaban la noche y las mujeres y lucía un look duro que hizo que le ofrecieran ser hombre Marlboro en los anuncios de la marca de tabaco: tejanos, camisa abierta hasta la mitad del pecho... De incuestionable encanto personal, hizo fortuna en el negocio inmobiliario de Los Ángeles gracias a la aportación económica inicial del que sería su socio durante años, el ingeniero aeronáutico Frank Mariani. En el primer fondo que crearon ponían cada uno 83 dólares al mes para hacerse con un depauperado bloque de catorce apartamentos que fue la primera piedra de un imperio. Pronto, negociando con los bancos por inmuebles embargados, habían convertido esa modesta posesión inicial en más de 700 propiedades en California, Arizona y Nevada.
Buss se movía por Los Ángeles con una mujer en cada brazo, generalmente más jóvenes que él (más a media que cumplía años) y con un canon de belleza idéntico al que expandía la cultura Playboy. Su estilo se consideraba “vieja escuela de Hollywood”: regalaba a sus citas vestidos y zapatos caros que ellas se ponían para dejarse ver con él por los mejores locales de Los Ángeles. Y en su dormitorio guardaba como una especie de trofeo, un secreto que nunca aireó ni usó para otros fines, álbumes con fotos de todas las mujeres con las que había salido. Antes de hacerse con los Lakers, había tanteado entrar en la ABA (San Diego Conquistadores, Los Angeles Stars) y en la MLB (White Sox, Athletics). Pero acabó en una NBA que se temía lo peor, en tiempos de grave crisis de imagen pública y con las franquicias cambiando de ciudad en busca de pastos que nunca acababan siendo más verdes: los Braves de Buffalo a San Diego (pasaron a ser los Clippers), los Jazz de Nueva Orleans a Salt Lake City...
Todo cambió con Buss, que convirtió a los Lakers en una extensión de su personalidad: arrolladora, magnética y movida por impulsos de pura adrenalina. Él es el propietario que transformó el concepto de franquicia y las noches de partido, coreografías de un espectáculo integral que derivó en el mítico Showtime, el punto álgido y febril de una vida social de Los Ángeles que empezaba en las gradas, seguía por la pista al ritmo del recién llegado Magic y acababa en el club nocturno del propio pabellón, donde se barajaban las cartas de las estrellas de Hollywood y donde apenas se dejaban ver las parejas de los jugadores. Todo el Forum era, o eso se decía entonces, “un gran pub de moda con canastas”.
En lo deportivo, los Lakers de Jerry West, con Kareem Abdul-Jabbar al nivel MVP que alcanzó en 1977 (el quinto, el sexto llegaría en 1980), eran un buen equipo de espíritu funcionarial: 53, 45 y 47 victorias para caer tres veces antes de la Final de Conferencia. Era un equipo que empezaba en el explosivo guard Norm Nixon, un demonio con un poderosísimo primer paso, y acababan en el imponente Kareem; un eje flanqueado por dos anotadores como Jamaal Wilkes y un Adrian Dantley que se fue a los Jazz en el verano de 1979 para convertirse en una estrella hoy olvidada de los felices años ochenta. Pero faltaba vibración, vida, esa alegría que desde luego West no podía ni disimular que no sentía.
La primera opción para revolucionar el banquillo fue Jerry Tarkanian, que había llevado a la Final Four a la Universidad de Las Vegas y que acabó flirteando con los angelinos antes de quedarse en College y tener mucho después una única y fallida experiencia NBA, con los Spurs en 1992. Los Lakers iban a hacer de oro a un Tarkanian al que iban a doblar en aquel verano de 1979 su salario de 350.000 dólares anuales. Con la operación cerrada, el técnico tuvo tiempo para dar marcha atrás y volver a la universidad con la que por fin ganó el March Madness en 1990 porque, al más puro estilo noire, su agente, Victor Weiss, fue encontrado muerto dentro de un Rolls Royce, en un aparcamiento de Beverly Hills. Lo último que se había sabido de él es que había dejado cerrado con Cooke y Buss (dueños saliente y entrante) el salto de su representado a la NBA. La muerte (dos disparos por detrás en la cabeza) de Weiss, con fuertes conexiones con la mafia y el lavado de dinero manchado de sangre, sigue sin resolverse.
Solo entonces los Lakers, con Buss tremendamente afectado por el turbio caso Weiss, viraron hacia Jack McKinney. Un tipo excelente pero sin ningún glamour; un estudioso del baloncesto que no sabía ni qué era un traje caro y, finalmente, el poco reconocido inventor del verdadero Showtime, el de las pistas. Él revolucionó el estilo de los Lakers, comprendió las enormes ventajas que suponía contar con una dinamo como Magic Johnson y puso al equipo en el camino del título hasta que (después de un inicio de temporada prometedor: 9-4) sufrió un terrible y difícil de explicar accidente de bicicleta. Iba a jugar al tenis con su único ayudante, un Paul Westhead que después le sustituyó mientras él transitaba a duras penas del coma inducido a las inacabables semanas de rehabilitación. Quienes vieron su violenta colisión contra el asfalto, de la que se pensó que no saldría con vida, aseguraron que no iba demasiado rápido pero que sus frenos habían hecho algo muy extraño. McKinney llevaba años sin tocar una bicicleta y había cogido la que ya apenas usaba su hijo porque su mujer se había llevado el coche para encontrarse, precisamente, con la esposa de Westhead. “La vida a veces no es justa”, aseguró después McKinney.
Westhead siguió su estela y condujo al equipo hacia el anillo de 1980 mientras él peleaba por regresar hasta que se enteró, un último golpe de un trance espantoso, de que estaba fuera de los planes de futuro de los Lakers en plenas Finales y a través de los medios de comunicación. Buss, que lo anunció en una improvisada rueda de prensa, ni siquiera se lo comunicó personalmente y McKinney, que tardó en recuperar sus plenas facultades, acabó yéndose a Indiana Pacers, donde fue Entrenador del Año en 1981.
Cuando Westhead tuvo oficialmente las llaves del bólido amarillo y morado en propiedad, en el verano de 1980, quiso invertir el éxito de las anteriores Finales en un cambio de estilo que acabó en colisión con Magic Johnson, el objeto inamovible de aquellos Lakers. Y en una destitución que despejó el camino al asistente que el propio Westhead había elegido cuando vio que McKinney no volvería: Pat Riley. Hoy uo personaje capital en la historia de la NBA (y de los Lakers, claro) pero entonces apenas un exjugador que había puesto (estilo Kentucky) dureza desde el banquillo en los campeones del 72 y que se había dedicado a dejarse crecer el pelo y recorrer playas después de su retirada y hasta que empezó a trabajar en las retransmisiones de los partidos de los Lakers, donde la precisión de sus análisis captó la atención de Westhead.
Riley ganó cuatro anillos con los angelinos, entre 1982 y 1988, y obró la perfección del estilo que empezó siendo solo el sueño de un Mckinney injustamente difuminado en la historia de la franquicia, el entrenador del que Norm Nixon y Michael Cooper dijeron que “habría ganado muchos campeonatos” de no haber sufrido aquel maldito accidente. Un técnico todavía joven que estaba acertando en cada paso que iba dando en su primera experiencia como head coach después de haber sido asistente en los Bucks, donde coincidió con Kareem, y en los históricos Blazers que ganaron el título de 1977 con Jack Ramsay como cerebro y Bill Walton como gigantesca estrella. Un hombre genuinamente bueno, y lleno de energía, que se presentó ante los medios de L.A. con la promesa de “correr, correr y correr”. “Correr sin parar, más que ningún otro equipo jamás”. Con libertad de acción y respeto al instinto de los jugadores, con transiciones eléctricas, con Magic desatado y Kareem como mucho más que un tótem imparable pero hierático en el poste bajo. McKinney tenía el Showtime en una cabeza que se rompió literalmente el 8 de noviembre de 1979, en un accidente con una bicicleta que ni tenía que estar conduciendo en aquel feliz primer día libre de la temporada 1979-80, cuando sus Lakers ya empezaban a ser una sensación y él iba a dedicar la mañana a distraerse un poco jugando al tenis con su asistente, Paul Westhead.
Paul Westhead, fue su gran acierto en aquel trance de 1979, recogió con sumo respeto el testigo del que era, al fin y al cabo, un jefe e íntimo amigo cuyo futuro profesional era de pronto indescifrable. Aseguró por activa y por pasiva que los Lakers 1979-80 serían el equipo de McKinney aunque ganaran con él todos los partidos del resto de la temporada. Al final no fueron todos pero sí muchos: 60 victorias en regular reason (51 bajo su mando) y un anillo en el que su labor táctica acabó siendo reconocida de forma rotunda. Así que Westhead, con un rutilante nuevo contrato de 1,1 millones por cuatro años, quiso (the system) cambiar las cosas: muchos diagramas, más ataques en estático para Kareem, menos instinto y más órdenes.
Tras una triste derrota en los playoffs de 1981 ante los Rockets (2-1 en primera ronda), Westhead comenzó la temporada 1981-82 ya herido de muerte: después de solo seis partidos, Magic Johnson pidió el traspaso porque no estaba feliz con un entrenador de pronto mucho más cuadriculado y que fue fulminado casi al momento por un Jerry Buss que dijo después que había tomado la decisión antes de que su gran estrella, y gallina de los huevos de oro, se pronunciara públicamente.
Fuera como fuera, y muchos lo tomaron como una forma de quitar responsabilidad a su estrella, costaba no entender su decisión. En la temporada 1978-79, la última sin Magic, los Lakers habían ganado 47 partidos pero solo habían llenado una vez un Forum con capacidad para más de 17.500 aficionados y una medida de menos de 11.800 por noche. En la primera pachanga de Magic en Liga de Verano, más de 3.600 personas abarrotaron un pabellón en el que no solía haber más de 500 y cuya capacidad real era de 3.000. La presencia en pista del base se había anunciado solo un día antes y allí, con aficionados trepando por donde podían y con un calor insoportable por la concentración humana, su representante, George Andrews, miró entre feliz y aterrado al general manager Bill Sharman y le dijo: “Igual tenemos que renegociar ese contrato”.
Magic, mientras pensaba qué hacer en ese feliz verano de 1979, había pedido unos 600.000 dólares para pensárselo todavía un poco mejor. Era, por dar perspectiva, una época en la que Kareem Abdul-Jabbar, por entonces el jugador más grande que había existido, cobraba 650.000. Magic, que era feliz jugando con los Spartans, amenazó con volver a Michigan State al menos un año más, pero su padre le pidió que no le pudiera la avaricia: “Te van a pagar en un año más que a mí en toda mi vida por hacer lo que te gusta”. Cooke, que quería encargarse de aquel asunto antes de poner el equipo en manos de Buss, le dijo a Magic que llevaban 17 de los 19 años anteriores en playoffs, así que estarían bien sin él si finalmente les daba calabazas. Influido por Jerry West, veía con buenos ojos la opción de draftear a Sidney Moncrief, escolta de Arkansas que acabó siendo cinco veces all star. Finalmente imperó la cordura, el acuerdo se cerró en 500.000 dólares y Magic se convirtió en el rookie mejor pagado de la historia. Al menos durante un mes y hasta que Larry Bird firmó por 600.000 con los Celtics. En el primer partido oficial en el Forum ya había más de 15.000 personas en las gradas.
Así que, y parecía lógico, pocos creyeron los argumentos de Buss y casi todos señalaron a Magic cuando se oficializó el despido. Westhead dejó los Lakers con un anillo y un balance de 111-50, y Pat Riley cogió a un equipo decaído y lo transformó por completo ya en aquella temporada 1981-82: 57 victorias, 8-0 en los playoffs del Oeste y otro título conquistado ante los Sixers. Fue el año en el que el Garden de Boston cantó Beat L.A. mientras veía como su gran rival del Este dejaba a los Celtics sin billete para las Finales. En el séptimo partido y en su pista. Una afrenta ante la que la afición de Massachusetts eligió ser práctica: perder con los Sixers era duro... pero peor sería ver proclamarse campeón a su verdadera némesis, los Lakers del sol y el glamour de Hollywood.
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No hubo Beat L.A.: Magic Johnson volvió a ser MVP de las Finales y los Lakers volvieron a ganar 4-2 a los Sixers. Como en 1980. Y ya con Pat Riley en un banquillo hacia el que se abrió paso desde los micrófonos. Su agudeza como analista le brindó una oportunidad que ya no soltó nunca. Esa lección, la de la tenacidad, se la había enseñado su padre cuando ordenó a sus hermanos que le mostraran como “no tener miedo” después de que unos matones le hubieran hecho la vida imposible en el colegio. Las enseñanzas de barrio obrero de Nueva York nunca se separaron, en su catecismo particular, de la gomina y los trajes de Armani. Riley se preocupaba de que su imagen reflejara siempre su éxito. Pero, sobre todo, de que nadie trabajara más duro que él y sus equipos. Hasta lo enfermizo; hasta que fue devorado por su propio personaje y acabó una gloriosa etapa en los Lakers que desde hoy será recordada para siempre, con toda justicia, con una estatua al lado de las de, entre otros, Magic Johnson Y Kareem Abdul-Jabbar. Más que los buenos tiempos, los mejores tiempos.
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