Dinastía celtic: Russell, Auerbach y el mejor equipo de la historia
Dinastía celtic: Russell, Auerbach y el mejor equipo de la historia

REPORTAJE ESPECIAL

Dinastía celtic: Russell, Auerbach y el mejor equipo de la historia

Los Celtics cambiaron el deporte estadounidense. Ganaron ocho anillos seguidos y once en trece años, transfomaron el baloncesto, derribaron los muros raciales...

No es fácil soportar a los aficionados de Boston. Salvo que, claro, seas de Boston. Una ciudad de orgullosas tradiciones, tan suya para tantas cosas a partir de su herencia irlandesa, cose gran parte de su tejido social -más complejo según avanzó hacia la modernidad- a través del deporte. Cómo no: los aficionados más jóvenes sacan pecho por los Patriots (NFL), el último invitado a la fiesta pero un estruendo que ha ganado seis veces la Super Bowl desde 2001. Gracias a su impulso, Boston se ha pasado lo que llevamos de siglo pasando facturas a sus rivales tradicionales, en Nueva York o Philadelphia si mira a un puñado de kilómetros o en la soleada californiana si prefiere cruzar el país.

La década de 2000 fue la de más éxito para la ciudad: seis títulos (tres de los Patriots, dos de los Red Sox, uno de los Celtics) y cinco Finales. Pero es que, a continuación, la de 2010 trajo otros seis campeonatos (tres, dos y uno esta vez de los Bruins) y, más madera, seis Finales más esta vez. El título de los Bruins en 2011 daba a Boston el primer Grand Slam del deporte americano en el siglo XXI: los campeonatos de MLB, NFL, NBA y NHL. Llegaron, además, en solo seis años, 4 meses y 9 días entre la Super Bowl de los Patriots en 2005 y esa Stanley Cup 2011. Sí: así resulta imposible soportar a los aficionados de Boston.

ETERNOS CELTICS

1.- La madre de todas las dinastíasRespuesta

2.- Del basket ball al basketballRespuesta

3.- El genio y su mano derechaRespuesta

4.- La era de las wilsonburgersRespuesta

5.- Mucho más que Cousy y RussellRespuesta

6.- Especialistas en ganar a los LakersRespuesta

La madre de todas las dinastías

Los Patriots son la dinastía definitiva en la NFL, una competición ultra exigente y cambiante que desayuna proyectos ganadores y donde la estabilidad es casi siempre una quimera. Donde más cuesta forjar planes a largo plazo, la franquicia de Foxborough asentó el suyo sobre capas y capas de una historia local que hunde sus raíces más orgullosas en la mística de Fenway Park, uno de esos santuarios del deporte estadounidense donde el tiempo parece ausente, detenido; donde las leyendas se hacen literatura, escrituras sagradas. Y por eso nunca mueren. Fenway Park, el hogar de unos Red Sox (MLB) cuyas andanzas se recitan Boston como si fueran parte del catecismo. Y con las que llegó a rivalizar, por imposible que hubiera podido parecer, la mística de los Celtics, el orgullo verde, la madre de todas las dinastías en la historia del baloncesto.

El Garden de Boston
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El Garden de Boston, uno de los grandes recintos del deporte en Estados Unidos.

El baloncesto, por cierto, lo inventó en 1891 James Naismith, un canadiense de Almonte afincado en Springfield, Massachusetts. A menos de 145 kilómetros de Boston. Si se trazara una línea que partiera en dos la historia de este deporte, en el eje quedaría, y es fácil pensar que no por casualidad, 1950. El año en el que Red Auerbach empezó a entrenar a los Celtics y en el que llegó al equipo, primero sin mucho entusiasmo de su nuevo entrenador, Bob Cousy. The Houdini of the Hardwood. El Houdini de los parqués. El prólogo de una historia que apiló once campeonatos entre 1957 y 1969, a partir de las elecciones en el verano de 1956 de Tom Heinsohn y, por encima de todo (muy por encima), el incomparable Bill Russell. El señor de los Anillos.

Bill Russell.
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Bill Russell, una leyenda de la NBA y el jugador con más anillos de la historia.

Los Celtics de los años 50 y 60 son el único equipo del deporte profesional estadounidense que ha ganado ocho títulos seguidos (1959-66), una cifra que hoy suena a ciencia ficción. Seguramente porque lo es. En la NBA, hasta los threepeats (tres anillos seguidos) son rara avis: además de esos Celtics, los Lakers de los primeros 50 y del tramo Kobe Bryant Shaquille O'Neal (2000-02) y los Bulls de Michael Jordan, dos veces (1991-93 y 1996-98). Nadie más lo ha conseguido. Nunca. Aquellos Celtics son además los únicos con diez Finales seguidas (ganaron nueve, el 90%). El siguiente equipo con más son los Warriors 2015-19, con cinco y un 60% de triunfos (3). Una última dinastía cuyos récords deslumbrantes y derrotas epopéyicas (2016, 2019) hacia su final, al menos tal y como la hemos conocido con Kevin Durant a bordo, obliga a poner en valor a aquellos Celtics que amasaron la mayoría de los 17 títulos de la franquicia. Más que nadie y en una estela que solo siguen los Lakers (16 en 31 Finales por las 21 de su enemigo del Este). Detrás, a años luz, los seis de los Warriors y los Bulls y los cinco de los Spurs. En la lista de jugadores con más títulos, Robert Horry (Rockets, Lakers, Spurs: el padre de mil tiros milagrosos en playoffs) se cuela con 7 en una lista que es totalmente celtic: los 11 de Bill Russell, los 10 de Sam Jones, los 8 de KC Jones, Tom Heinsohn, Tom Sanders y John Havlicek, los 7 también de Jim Loscutoff y Frank Ramsey, los 6 ya a continuación del legendario Cousy...

Y, con todo, el orgullo verde fue más que eso, algo más allá de las victorias. La devoción, la disciplina, la responsabilidad y el libreto de Red Auerbach: la única estadística que importaba eran las victorias, el único número, sumar más puntos que el rival en el marcador final. Su equipo tenía que vestirse como un campeón y comportarse como un campeón, lo fuera finalmente o no. Orgullo e integridad: esa era la verdadera esencia del celtic pride. Los anillos fueron consecuencia de ello, no al contrario.

Del basket ball al basketball

Tal vez no sea del todo preciso afirmar que los Celtics de Red Auerbach salvaron la NBA. Pero, desde luego, dieron forma a la primera gran, y necesaria, revolución del juego. El trayecto de ese equipo, conviene recordarlo, comienza cuando ni siquiera había reloj de tiro y Auerbach aprovechaba la destreza de Bob Cousy para que el base driblara hasta (o eso parecía) el fin de los tiempos entre rivales desesperados que no tenían más solución que hacerle una falta detrás de otra. Efectivo... pero soporífero, una fórmula incapaz de poner al baloncesto en el nivel de pasión mediática que ya tenían los (la NBA no lo era, desde luego) gigantes tradicionales del deporte en Estados Unidos.

Solo unos años después y ya avanzada la década de los 50, los Celtics se habían convertido en los padres del baloncesto moderno, ya con Bill Russell como ancla defensiva, reboteando y lanzando pases a media pista, donde Cousy recibía una bola que no había tocado el suelo e iniciaba unas contras fulgurantes contra las que no había antídoto y que, ahora, sí, ponían a la grada en pie. Canastas en menos de cuatro segundos, algo indefendible para los rivales de entonces e inimaginable solo unos años antes. El primer Cousy, justo antes, se había cansado de ver cómo su equipo jugaba en doubleheaders (dos partidos en una misma sesión) que solo atraían mucho público si en el otro encuentro estaban los Globetrotters, a los que la gente veía antes de abandonar en masa el pabellón. Casi nadie se quedaba para ver qué pasaba en el siguiente partido.

Bill Russell en acción

En el mítico Garden, BIll Russell anota ante Wilt Chamberlain.

Entre 1950 y 1956, los Celtics no ganaron títulos y amasaron un muy discreto 10-17 en playoffs. Años de Bob Cousy, el primer base mágico, todavía sin Bill Russell. El pívot, con su inacabable presencia, fue el jugador que cambió la forma de defender y de concebir el baloncesto, que todavía se llamaba por entonces (realmente hablamos de la prehistoria) basket ball del mismo modo que la NBA seguía siendo la N.B.A. Con puntos: el recordatorio a unos aficionados todavía despistados de que era una Liga de nuevo cuño, el retoño engendrado en 1949 por la unión de la BAA (Basketball Association of America) y la NBL (National Basketball League). De aquella BAA que había nacido tres años antes sobreviven dos equipos en la misma ciudad: New York Knicks y Boston Celtics.

En aquella primera NBA, la de varios partidos encadenados en el mismo pabellón y poco público en las gradas, daban menos motivos de conversación los resultados que las peleas entre jugadores en los bares. Cuando unos cuantos de diferentes equipos coincidían en el mismo local, todos sabían lo que venía a continuación en cuanto veían a uno quitarse el reloj de forma ceremoniosa. Red Auerbach, en tiempos de gestión amanuense en los que entrenaba, preparaba los planes físicos y hasta los horarios de viaje, participaba en trifulcas y recibía orgulloso la ira de los aficionados rivales, ya fuera en forma de insultos o de lluvia de huevos desde las gradas. Fue uno de los primeros en, un arma básica en el deporte profesional, convertir esas emociones negativas en carburante, el reverso del puro de la victoria que encendía con los partidos sin terminar, cuando veía que el triunfo estaba amarrado. Entre sus grandes virtudes se contaban la capacidad de adaptarse a la evolución del baloncesto, cuando no la provocaba personalmente, y de elegir bien a sus jugadores y crear roles ideales para todos.

También de sacar lo mejor de las circunstancias, aunque estas no le gustaran. De hecho y en un movimiento trascendental, la NBA tardó en posicionarse a favor del reloj de tiro, una obsesión de Danny Biasone, para el que muchos reclaman más reconocimiento en aquella primera evolución del baloncesto. Biasone, que entrenaba a Syracuse Nationals (el embrión de Phialdelphia 76ers) en una bolera de Nueva York, había empezado a dar la tabarra con su invento al primer presidente de la liga, Maurice Podoloff, después de que ver cómo los Celtics habían ganado a su equipo en los playoffs de 1953 gracias a un partido cerrado con 106 faltas personales y 128 tiros libres, distancia desde la que Cousy sumó 30 puntos. Bota que te bota.

Bird y Auerbach, en 1986.
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Larry Bird y Red Auerbach con el trofeo de campeones de la NBA tras las Finales de 1986.

Ese invento, que a Auerbach no le gustaba nada, era el reloj de tiro que pasaría a dar 24 segundos de posesión por jugada a cada equipo a partir de la temporada 1954-55. El 24 no era aleatorio sino el resultado de dividir los segundos de un partido de 48 minutos (2.880) entre la media de tiros por encuentro (120) de las tres temporadas anteriores. Podoloff no paró de repetirlo en los años siguientes: esa revolución prehistórica, el reloj de posesión, salvó al baloncesto profesional. Y obligó a Red Auerbach a adaptarse... y construir así, a la fuerza ahorcan, la mayor dinastía de la historia.

El basket ball se convirtió así en basketball. Las gradas se llenaron y los partidos contaron más que las peleas postpartido. Hasta el concepto del sexto hombre fue popularizado por Auerbach, el primero en dar más importancia al quinteto que acababa los partidos que al que los empezaba. Frank Ramsey fue el primero con galones en ese rol y John Havlicek el mejor, mucho antes de que heredaran esa tradición en los dorados años ochenta Kevin McHale (que luego fue titularísimo) o el Bill Walton ya mermado que daba minutos de lujo al legendario equipo que fue campeón en 1986.

Pero, con perspectiva histórica, si algo se le debe a Auerbach y a Walter A. Brown, el fundador de los Celtics que está en el Hall of Fame del baloncesto y del hockey sobre hielo, fue su capacidad para no distinguir entre colores; o para no valorar ningún color que no fuera el verde. Muchísimo antes de que el racismo dejara de ser un problema gigantesco en el baloncesto profesional, entrenador y propietario rompieron moldes cuando quedaba un buen trecho para que se dejara de repetir por la Liga una sarcástica fórmula sobre los jugadores afroamericanos: "Pon en pista uno si juegas en casa, dos si juegas fuera... y tres si quieres ganar el partido".

Precisamente los Celtics, asentados en una ciudad en la que la cuestión de raza siempre ha sido extremadamente delicada, fueron los primeros en draftear a un jugador negro: Chuck Cooper, número 14 del draft de 1950 y futuro compañero de habitación de Bob Cousy. Fueron los primeros en poner en pista un quinteto totalmente negro, el 26 de diciembre de 1964, después de que el mítico Tom Heinsohn quedara en fuera de juego por lesión: le sustituyó en el siguiente partido Willie Naulls, que formó junto a KC Jones, Sam Jones, Tom Sanders y Bill Russell. Un quinteto, por cierto, que ganó ese partido y los once siguientes. Y fueron los primeros en aupar a un afroamericano al puesto de head coach. Fue el propio Bill Russell, entrenador-jugador a partir de la retirada de Red Auerbach (después general manager hasta los años 80) en 1966 y hasta 1969. Así llegaron los dos últimos anillos (1968 y 1969) de una dinastía que fue, precisamente, mucho más que anillos.

El genio y su mano derecha

A Arnold Jacob Auerbach, que ya era un guard de buen estilo durante los años de la Gran Depresión, lo empezaron a llamar Red porque era pelirrojo y porque no tenía precisamente buen carácter. Su padre era un inmigrante judío de Minsk que había dejado Europa a los 13 años y que conoció a su madre en Brooklyn, donde el matrimonio pasó de regentar una tienda de delicatessen a meterse en el negocio de las lavanderías. Sus planes pasaban por ser profesor, no uno de los personajes más importantes de la historia del baloncesto. Uno que dejó los banquillos con 938 victorias (un récord en aquel 1966) y transformó el juego para siempre.

Uno de sus hermanos, Zang, era un reputado dibujante que realizó el primer logo que adornó el centro de la cancha en un Garden de cuyo techo cuelga el número 2 en memoria del gran Red. Una referencia a que no ha habido nadie más importante para los Celtics más allá de Walter Brown, el fundador y propietario que lo contrató y para el que por entonces (1985) ya se había retirado el número 1. En los Celtics, tan gigantesca es esa institución, parece (hay ¡23! retirados) que se acaba antes contando los números que no visten un Garden en el que la historia se comba sobre uno con ese peso que solo se siente en los lugares realmente especiales.

Red Auerbach se reservaba su adorado puro para los últimos minutos de los partidos, cuando lo encendía en señal de victoria y desataba ufano la ira de los rivales. Muchas veces protegido por dos policías en los encuentros fuera de casa, recibía lluvias de objetos e insultos y le tocaba acudir a los juzgados de cuando en cuando. En Cincinnati, por ejemplo, fue denunciado por romperle las gafas y la mandíbula a un aficionado que le había escupido.

Era otra NBA, sobre la que Bob Cousy solía decir que no existía nada parecido a la deportividad y en la que te abucheaban por blando "aunque te estuviera asomando el hueso desnudo a través de la pierna". Pero en la que reconocía el base que, al final y al cabo, "se cobraba por jugar a un juego de chiquillos". En esa NBA que rascaba el primer atisbo de profesionalidad, los jugadores viajaban por la noche en tren y con escalas ahora incomprensibles y dormían, cuando tocaba, en salas de reuniones de hoteles sin ningún glamour. Una liga en la que Auerbach pronto fue detestado porque no se olvidaba nunca de que en el vestuario visitante del Garden faltaran las comodidades más obvias (ni jabón, ni toallas...) e hiciera un frío helador en invierno y un calor pegajoso en verano. Los partidos, en fin, se ganaban por tierra, mar y aire.

El trofeo de Entrenador del Año
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El trofeo de Entrenador del Año en la NBA lleva el nombre y la figura de Red Auerbach, sentado con su puro en un banquillo de vieja escuela.

La figura de Auerbach sentado en un banquillo de vieja escuela, rudo y competitivo también en el peor sentido de la palabra, da forma al Red Auerbach Trophy que se entrega después de cada temporada al Entrenador del Año en una NBA en la que ganó nueve títulos como técnico, ocho de ellos seguidos, y otros siete como directivo. Fue Entrenador del Año y Ejecutivo del Año, convirtió a los Celtics en más que una franquicia y a la NBA en más que una liga profesional de baloncesto. Introdujo las transiciones rápidas y la defensa feroz para amasar contras fulminantes; Inventó o se adaptó a lo que inventaban otros, rompió la barrera racial, perfiló el rol de sexto hombre y fue, palabra de Bill Russell, un "maestro de la psicología", con un tono y un discurso personalizado para cada jugador en tiempos en los que muchos entrenadores ni se paraban a preguntar a sus discípulos cómo estaban. Auerbach rechazaba cualquier negociación de contrato y exigía una lealtad que se encargaba de que la franquicia devolviera, y creía a pies juntillas que no había mejor forma de unir a un vestuario y forjar campeones que el propio orgullo por ganar. Un bucle infalible: "¿puede haber algo mejor que tener un verano entero para decir que juegas en el mejor equipo de baloncesto del mundo?”

De ciudad en ciudad y de hotel en hotel, en tiempos en los que los protagonistas de la NBA llevaban una vida de sensación más nómada que la actual (menos kilómetros pero en condiciones mucho peores), Auerbach conocía los mejores restaurantes asiáticos de cada ciudad con franquicia en la liga. Encargaba por teléfono la cena después de los partidos y se la comía en los hoteles, con tal devoción que acabó siendo uno de los propietarios de un restaurante chino en Boston. Autor de siete libros, forjó la NBA de Cousy y Russell y ganó después en la de Larry Bird, al que se empeñó en firmar cuando amenazaba penuria para su equipo a finales de los 70. Ellos dos, Bird y Russell, eran sus jugadores favoritos junto a Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y un Michael Jordan que lideró la NBA que siguió a la suya. Fallecido en 2006 a los 89 años, se perdió lo mejor de LeBron James y la irrupción de Stephen Curry, Kevin Durant y la tonelada de triples por partido, una revolución de la que también participó como ejecutivo en los primeros años 80. El triple, entonces considerado por el New York Times poco más que un truco barato, llegó a la NBA en la temporada 1979-80, la de un Larry Bird rookie. El primero lo anotó un jugador de, cómo no, los Celtics: Chris Ford.

Auerbach también fue el primero en tener algo parecido a un departamento de scouting, básicamente a base de cruzar llamadas de teléfono con amigos de todo el país. Llegó a los Celtics casi por casualidad, después de entrenar en institutos de Washington (donde siempre tuvo su verdadera residencia fuera del calendario NBA) y al equipo de la Navy, en el que aplicó los fundamentos del juego en el que creía, uno de transiciones rápidas que forzaran situaciones de tres atacantes a toda velocidad contra dos defensas en retirada desordenada.

En la Armada llamó la atención del multimillonario MIke Uline, que lo contrató para Washington Capitols, en la BAA. Allí perdió una Final contra Minneapolis Lakers, cuando todavía ni sabía que acabaría forjando con esa franquicia una rivalidad que marcaría para siempre la historia del deporte. Y tuvo unos roces con el propio Uline que le mandaron a Duke, la prestigiosa universidad en la que ejerció de asistente y teórico delfín mientras el entrenador Gerry Gerard peleaba contra el cáncer. Pero, consumido por el desgaste de esa situación, su futuro no estuvo la universidad de Durham y tampoco, no a largo plazo, en Tri-cities Blackhawks, el embrión de Atlanta Hawks donde vivió, en plena reconstrucción, su único año en balance negativo como entrenador: 28-29. Otra vez, los problemas con el propietario le hicieron dejarlo y acabar en Boston Celtics... precisamente porque otro propietario, Walter Brown, se había hartado de perder partidos y preguntó a la prensa local por un entrenador que le pudiera dar la vuelta a la situación. Le recomendaron que llamara a Auerbach.

Ese verano de 1950 es historia del baloncesto: Red Auerbach fichó por los Celtics y drafteó (Chuck Cooper, número 14) por primera vez en la NBA a un jugador de raza negra. Lo hizo, para colmo, después de no haber seleccionado a Bob Cousy, decisión que levantó ampollas porque el base ya era una sensación en el área de Massachusetts tras su cacareado paso por la Universidad de Holy Cross. Auerbach lo consideraba demasiado flashy, un verso suelto dedicado a un juego creativo que no tenía utilidad en su libreto. Elegido en el número 3, Cousy no se puso de acuerdo con Tri-cities Blackhawks, el exequipo de Auerbach, porque estaba montando una autoescuela en Worcester y no quería irse a jugar al nada estimulante triángulo Moline-Rock Island-Davenport. Por 4.000 dólares de diferencia (le ofrecían 6.000, quería 10.000) se rompieron las negociaciones y Cousy decidió irse a Chicago Stags... justo cuando la franquicia de Illinois quebró. Ahora sí Walter Brown (le pagó 9.000 dólares) se hizo con Cousy.

Antes Auerbach, razonando que a él le pagaban para ganar partidos y no para dar espectáculo, había elegido con el número 1 al pívot Chuck Share. Pero, de rebote en rebote, acabó con el descartado Cousy a sus órdenes porque, ya se sabe, la historia se escribe recta pero con renglones torcidos. Auerbach congregó a 45 exjugadores cuando celebró sus 75 años y a la fiesta de los 80 acudió hasta su gran enemigo deportivo, un Wilt Chamberlain al que había definido como “aterrador” y del que dijo que podía hacer en las pistas de baloncesto "cualquier cosa menos ganar a mi equipo". Dirigió a diez jugadores que entrarían después en el Hall of Fame y a cuatro futuros entrenadores que sumaron siete anillos en los banquillos (Bill Russell, KC Jones, Bill Sharman y Tom Heinsohn). En su último año como técnico (cuando decía a los rivales "esta es vuestra última oportunidad de venir a por mí”) tuvo en su plantilla a Don Nelson, un genio que no ganó ningún título como técnico pero fue tres veces Entrenador del Año y es el que más victorias ha sumado en los banquillos NBA: 1.335, tres más que Lenny Wilkens. El tercero en esa ilustre lista es ya Gregg Popovich.

Red Auerbach, en 1984
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Red Auerbach, en el banquillo de los Celtics durante las Finales de 1984, cuando era general manager y todavía alma de la franquicia.

Como directivo construyó el sublime equipo de los 80. Primero, con el contrato récord a Larry Bird (650.000 dólares al año en su estreno NBA) para evitar que se volviera a presentar al draft en 1979 (los Celtics se habían hecho con sus derechos como junior un año antes, con el número 6). Después, con la operación que se denominó el robo del siglo: el 9 de junio de 1980 cambió dos rondas de draft con los Warriors por Robert Parish y otro pick que sería Kevin McHale. Ambos formaron con Bird uno de los mejores frontcourt de la historia, el que reforzó el último Bill Walton en el equipo que ganó el anillo de 1986.

Mientras aquel bulldozer de ensueño (o más bien de pesadilla para los rivales) avanzaba hacia el título, Auerbach preparaba su último gran golpe: la llegada de Len Bias, al que eligió con el número 2 en ese draft de 1986 en el que tenía el derecho de escoger tan arriba por el traspaso, dos años antes, de Gerald Henderson a los Supersonics. Bias, la joya ultra física de Maryland, era un jugador llamado a marcar época y repetir en la NBA sus duelos con Michael Jordan en la ACC. Pero la cocaína acabó con él solo dos días después del draft en el que creía que había asegurado el futuro de su franquicia un Auerbach que habló en el funeral del chico caído con 22 años: “Este es el golpe más duro para la ciudad de Boston desde la muerte de John Fitzgerald Kennedy”. La mano de Auerbach, por lo tanto, abarca casi cuatro décadas de orgullo verde; aunque esa relación, como todas, tuviera sus momentos críticos: en el verano de 1978 puso rumbo a Nueva York para aceptar una oferta mareante de los Knicks, cosa que finalmente no hizo porque el taxista que le llevaba al aeropuerto le suplicó que se lo pensara bien. En Boston, los equipos son más que equipos. Son familia.

La estatua de Red Auerbach
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Tras su fallecimiento, flores y motivos de los Celtics adornaron la estatua de Red Auerbach en Boston.

Cousy, que no le había entrado por el ojo, acabó formando en el quinteto ideal que después hizo Auerbach con jugadores de su tiempo, fueran de su bando o del contrario. Junto al base citó a Jerry West, Elgin Baylor, Bob Pettit y Bill Russelll... con John Havlicek como sexto hombre, claro. Cousy, el Houdini de las pistas (Houdini of the Hardwood) no solo acabó siendo un mago que se convirtió en la primera gran atracción de la NBA por su manejo de balón y sus dribblings pasándose la bola por detrás de la espalda. También fue un líder ultra competitivo y un orgulloso defensor de la primera tradición celtic: jugó trece años en el Garden (1950-63), fue all star en los trece y ganó seis anillos, todos (eso sí) tras la llegada de Bill Russell. Sin el gigante de Monroe, los Celtics de Auerbach y Cousy habían acumulado un 10-17 en playoffs y se habían ganado fama de equipo pintón pero perdedor. A partir de 1956, los Celtics siguieron corriendo en ataque pero se pusieron firmes en defensa, con una nueva y muy cruda preparación física y más control con un tabaco que por entonces era omnipresente en los vestuarios. Hubie Brown siempre decía que Cousy llevó las victorias y el público al Garden, pero que fue Russell el que llevó los anillos.

Cousy, uno de los pocos que podía permitirse llamar Arnold y no Red a Auerbach, tuvo con Bill Russell una extraña relación personal perfectamente reflejada en el maravilloso libro The Last Pass, de Gary Pomerantz. Reconocido como un innovador y uno de los primeros genios de una NBA por entonces industriosa, dura hasta lo violento, entró diez veces en el Mejor Quinteto de la temporada y lideró la NBA en asistencias ocho veces seguidas entre 1953 y 1960. Su número 14, por supuesto, también cuelga del techo del Garden. Es, ahora con 91 años, una de las grandes leyendas de una franquicia cuya especialidad es, precisamente, construirlas.

La era de las wilsonburgers

El balón salía despedido, a veces hasta las mismas gradas, con una violencia tremenda. Una mancha ovalada y marrón con las letras de la marca comercial, Wilson, que hacía pensar a los aficionados en una hamburguesa que volaba de su plato en el peor momento. Por eso a los tapones de Bill Russell, el gigante de casi siete pies y 224 centímetros de envergadura, se les empezó a llamar wilsonburgers. Hamburguesas con el logo de Wilson.

No es del todo descabellado pensar que es probable que si Bill Russell no hubiera existido se consideraría hoy a Wilt Chamberlain, lo más parecido a Superman que ha pisado las pistas de baloncesto, el mejor jugador de la historia. Así de simple, así de tremendo. Chamberlain promedió en su carrera más de 30 puntos y casi 23 rebotes. Fue cuatro veces MVP, 13 All Star, metió 100 puntos en un partido (2 de marzo de 1962) y cogió 55 rebotes en otro (24 de noviembre de 1960). Ambos son récords que, tal vez, no se batirán jamás. Pero solo ganó dos anillos, el segundo ya con 35 años y en unos Lakers en los que acabó reconvertido en ancla defensiva, reboteador e iniciador de contras desde su zona: acabó convertido en Bill Rusell. Porque mientras que Chamberlain fue muchos chamberlains en su carrera (hasta lideró una vez la NBA en asistencias básicamente porque se propuso hacerlo), Bill Russell fue siempre Bill Rusell. Sus cara a cara llenaron gradas cuando eso no era precisamente fácil. Llamados "la batalla de los titanes" o "la gran colisión", solían ser un mal trago para Chamberlain por mucho que promediara en ellos 29,9 puntos y 28,1 rebotes por los 14,2 y 22,9 de Russell. Pero este se llevó 57 de esos 94 partidos en los que jugaron uno contra otro por los 37 de Chamberlain. La eterna frustración de Superman.

Russell contra Chamberlain.

Bill Russell contra Wilt Chamberlain, una rivalidad de leyenda en los primeros tiempos de la NBA.

Chamberlain se quedó en dos anillos porque perdió mil series de playoffs contra el mismo enemigo, desfondado por tener que correr arriba y abajo durante todo el partido, por la defensa individual de Russell y la exigencia constante de la percusión en el pick and roll de los Celtics. Bill Russell, a base de llevarse esas batallas colosales, ganó once títulos en solo trece años de carrera... Más que nadie, desde luego, y más que cualquier franquicia que no sean sus Celtics o los Lakers. Un récord increíble que solo iguala en el deporte estadounidense Henri Richard (NHL). De hecho, solo Robert Horry (Rockets, Lakers Spurs) ganó siete sin haber jugado en aquellos Celtics que él convirtió en terroríficos. Todos los demás que han alcanzado esa cifra formaron parte de ese equipo: los también siete de Jim Loscutoff y Frank Ramsey, los ocho de John Havlicek, Tom Sanders, KC Jones y Tom Heinson y los 10 de Sam Jones, que podría haber ido antes a los Lakers de no ser porque optó por regresar a la universidad y cumplir con sus obligaciones con el servicio militar.

Para colmo y sin querer, Chamberlain hizo también rico, para los estándares de la época, a un Bill Russell que se llevó un contrato de 100.001 dólares cuando su gran rival había firmado uno de 100.000. Russell pasó después apreturas, hundidas sus inversiones en el negocio de la restauración en Boston y en exportaciones desde Liberia, donde había soñado con irse a vivir tras su retirada. Tampoco cuajó ni como entrenador ni como comentarista televisivo, y la NBA no pudo meterlo en su circuito de leyendas activas hasta hace quince o veinte años. Desde entonces sí es un fijo en All Star, Finales, celebraciones...

En los últimos tiempos Russell, después de una vida marcada por la lucha contra el racismo y el resentimiento con los medios de comunicación y la sociedad estadounidenses, sí ha sido estandarte activo de una NBA que puso su nombre al trofeo del MVP de las Finales. Antes, en años oscuros, ni se presentó a la ceremonia de retirada de su número 6 en el Garden ni a la de su inclusión en el Hall of Fame. Había conocido la pobreza, la segregación y las humillaciones. De su Luisiana natal a Oakland, donde creció en una situación de extrema necesidad a la que solo vio salida cuando llegó la oportunidad de jugar en College. Había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros de la llegada de los hombres del Ku Klux Klan, a su madre ser insultada por policías que le decían que se quitara su "vestido de blanca". Y vio después, casi de forma rutinaria, como no se le valoró lo suficiente en tiempos en los que un negro no podía ser el mejor en nada porque, sencillamente, no era conveniente.

Solo la Universidad de San Francisco apostó por él gracias a que contaba con Phil Woolpert, uno de esos entrenadores que, no abundaban por entonces, no hacían distinciones raciales. Rechazó a los Globetrotters porque ni se dirigieron a él para contratarle y hablaron solo con el propio Woolpert, como si fueran a negociar por una mercancía. Vio como su compañero Tom Heinsohn fue nombrado Rookie del Año en 1957 aunque él promedió casi 15 puntos y 20 rebotes y cambió el perfil de juego de los Celtics. De hecho, le espetó a Heinsohn que le debía "al menos la mitad" de los 300 dólares que el forward se había embolsado como ganador del premio.

Bill Russell, con Barack Obama.
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Bill Russell saluda a Barack Obama en un acto del partido demócrata en Seattle.

Marchó con Martin Luther King por Washington en lo que definió como "el mayor orgullo de su vida", se fue de Kentucky antes de un amistoso porque los restaurantes no servían comida para él y el resto de afroamericanos de su equipo. Y se enfrentó a público y prensa de los Celtics: muchos no entendían que ni siquiera se parara a firmar autógrafos a los niños. Y no lo entendían, así era aquella sociedad, aunque veían como sufría ataques como el asalto de su casa por unos vándalos que realizaron pintadas racistas en las paredes y defecaron en las camas. Russell llamó "un circo de pulgas del racismo" a Boston, una ciudad con la que tardó mucho en reconciliarse y donde tiene una estatua en el Ayuntamiento desde 2013. Dos años antes, por todas esas trazas de lucha y golpes contra muros vergonzosos, había recibido la Medalla de la Libertad de manos de Barack Obama.

Mucho más que Cousy y Russell

La gran dinastía de los Celtics la forjó Red Auerbach de Bob Cousy a Bill Russell, alfa y omega de un equipo que acabó siendo prácticamente invencible, también tras la retirada del base de Manhattan en 1963, después de los seis primeros anillos. Bill Russell, incluidos los dos que ganó como entrenador-jugador, acabó con once. Pero hubo muchos más protagonistas en una finalmente increíble historia de títulos, all stars, jugadas increíbles, estadísticas de leyenda y plazas bien ganadas en el Hall of Fame. Todos estos jugadores también formaron los huesos de la dinastía y son historia de los Celtics... y de la NBA:

CHUCK COOPER: Una mención al primer jugador afroamericano drafteado en la NBA. Los Celtis de Walter Brown y Red Auerbach hicieron saltar por los aires la barrera racial con su pick 14, el primero de segunda ronda, en 1950. El técnico acababa de llegar al equipo y ese verano terminó haciéndose también, de carambola, con Bob Cousy. Cooper solo estuvo cuatro años en Boston y se fue antes de la llegada de Bill Russell y de la era de los anillos, pero tiene su capítulo en los libros de historia. Junto a él llegaron a la NBA, también en 1950, Nat 'Sweetwater' Clifton y Earl Lloyd. El primero fue all star en 1957 y el segundo, campeón en 1955.

John Havlicek
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John Havlicek en acción con los Celtics, en un partido en Baltimore en 1973.

JOHN HAVLICEK: Una gigantesca leyenda que falleció en abril de 2019 y el autor del robo más famoso de la historia de la NBA, el del mítico grito "Havlicek stole the ball" del narrador Johnny Most. Su acción defensiva en un crucial saque de banda de Hal Greer dejó a los Sixers de Wilt Chamberlain sin opción de remontar (110-109) en los últimos cinco segundos del séptimo partido de la Final del Este de 1965, en el Garden. Pero Havlicek fue mucho más, primero el sexto hombre perfecto y después el líder junto a Dave Cowens del brillante equipo de los 70 (fue MVP de las Finales de 1974). Ganó ocho anillos, fue trece veces all star, tiene su número 17 retirado y fue un atleta tremendo que también había sido elegido por los Browns de la NFL (los Celtics le dieron el número 7 del draft de 1962). Hondo solo se perdió más de siete partidos en una temporada, y jugó 16 años en tiempos en los que eso era mucho más complicado que ahora. Buen tirador, excepcional defensor y perfecto para el juego en transición que prefería Auerbach, Havlicek es sencillamente un gigante en una franquicia llena de ellos.

SAM JONES: Uno de los primeros grandes escoltas de la NBA, era en realidad un base/escolta/alero que fue famoso por su letal tiro desde media distancia (ultra efectivo a tablero) y su capacidad para abrir la pista y anotar en los momentos calientes de los playoffs. Su pick and roll con Bill Russell volvía loco a Wilt Chamberlain y es uno de los tres únicos (con Russell y KC Jones) que estuvo en los ocho anillos seguidos del glorioso tramo 1959-66. Tiene el número 24 retirado en el Garden, fue cinco veces all star, promedió 17,7 puntos en doce años con los Celtics y es el único jugador de la historia que ha ganado 10 anillos al margen de los 11 de Russell.

TOM HEINSOHN: Jugó nueve años en los Celtics y ganó ocho anillos (solo pinchó en 1958). Después ganó otros dos como entrenador (1974 y 1976) y fue durante décadas emblemático comentarista en las retransmisiones del equipo de una ciudad recorrida de punta a punta por su carisma: "es el padrino de Boston", solía decir Cousy de un Heinsohn que también fue el compañero ideal de Bill Russell en las zonas. Un ala-pívot duro, peleón y competitivo que tenía también toque para anotar con varios registros. Promedió en su carrera más de 18 puntos y casi 9 rebotes, fue seis veces all star y su número 15 está retirado por unos Celtics que le eligieron con el pick territorial en su decisivo draft de 1956, el mismo en el que lograron hacerse con Russell, al que ganó el premio de Rookie del Año. Eso le supuso un gran disgusto al pívot, que interpretó que los prejuicios racistas le habían dejado sin un galardón que seguramente merecía. Llegó a los celtics desde Holy Cross, la misma universidad de Massachusetts en la que jugó Bob Cousy.

KC JONES: Ocho anillos en ocho Finales (solo Bill Russell y Sam Jones tienen más) para el eterno acompañante de Russell: ganó con él los dos títulos universitarios en San Francisco, viajó con él a la NBA a través del draft de 1956 y también estuvo en el equipo que ganó el oro olímpico en Melbourne antes de debutar en la liga profesional. Base tenaz y excelente defensor que pensó en hacer carrera en la NFL, está en el Hall of Fame y tiene su número 25 retirado por unos Celtics a los que luego hizo dos veces campeón como entrenador en los 80. Era el temible equipo que ganó los anillos de 1984 y 1986 con Larry Bird como jugador franquicia. Si se descartan años de entrenador-jugador (caso de Bill Russell) es el único afroamericano con más de un título de la NBA como técnico.

BILL SHARMAN: Salió del draft de 1950, como Cousy, pero tampoco llegó directamente al primer proyecto de Red Auerbach en Boston. Si el base lo hizo finalmente ese mismo verano pero de carambola, Sharman pasó una temporada en los Capitols antes de una década de verde en la que sumó cuatro títulos, fue ocho veces all star y se ganó que su número 21 cuelgue del techo del Garden. Era un combo guard (base-escolta) bajito que se complementaba de maravilla con Cousy y anotaba con mucha eficiencia, uno de los primeros que explotó los contactos rivales para sumar desde la línea de tiros libres. Después, llevó la esencia de esos Celtics al eterno rival, unos Lakers que con él como entrenador (y KC Jones como asistente) ganaron en 1972 el título que tanto se había resistido desde el traslado a L.A.

BAILEY HOWELL: No tiene su número retirado (el 18) por unos Celtics en los que jugó cuatro años. Pero aparece en esta lista porque es difícil imaginar los últimos anillos de la dinastía (1968 y 69, los del Russell entrenador-jugador) sin sus puntos y su eficiencia. Rondaba la veintena con altos porcentajes y, nada habitual en su tiempo, un instinto notable para meterse en la zona y sacar buenos tiros cerca del aro. Esa capacidad le hizo ser un jugador menos reconocido que otros... pero clave en el ocaso de la era Bill Russell.

FRANK RAMSEY: Otro miembro del Hall of Fame y otro con su número (el 23) retirado. El primer verdadero sexto hombre que creó Red Auerbach, antes de perfeccionar ese rol con Havlicek y explotarlo al máximo con el primer Kevin McHale. Combo guard especialista en enchufar nada más entrar desde el banquillo, ganó siete anillos y tuvo momentos tan colosales como los playoffs de 1959, cuando promedió 23,2 puntos y 6,2 rebotes.

SATCH SANDERS: No era una gran estrella ni producía grandes números (algo más de 9 puntos y 6 rebotes en sus trece años en Boston), pero ganó ocho anillos en los que fue importante como especialista defensivo. Un 1,98 capaz de secar a los pívots rivales y de formar una pareja temible en su zona junto a Bill Russell. Jerry Lucas o Willis Reed sufrieron su tremenda capacidad física, otra arma que supo maximizar a la perfección Red Auerbach.

DON NELSON: Sigue siendo el técnico con más victorias de la historia de la NBA (1.335) y sumó tres galardones de Entrenador del Año aunque no pudo ser campeón en los banquillos. Pero sí lo consiguió cinco veces como jugador de los Celtics, desde el último año de Red Auerbach (1966) a los títulos de los 70 como acompañante de Havlicek y Dave Cowens. Fue otro sexto hombre que se asentó tras llegar desde los Lakers y aportó, sobre todo, puntos con buenos porcentajes en el frontcourt. Tiene su número 16 retirado en el Garden, aunque nunca volvió a Boston para dirigir al equipo en sus más de tres décadas en los banquillos de la NBA.

Especialistas en ganar a los Lakers

Los Celtics de la gran dinastía arrancaron con la llegada en 1950 de Red Auerbach y Bob Cousy. Pero no despegaron, después de amasar un nada prometedor 10-17 en playoffs durante los siguientes años, hasta el verano de 1956, cuando aterrizaron a la vez Tom Heinshon, Bill Russell y KC Jones (que se incoroporaria más tarde). En la temporada 1956-57 ganaron el primero de los once anillos en trece años que levantaron una leyenda todavía hoy imposible de superar.

Ese primer bloque campeón ya tenía a Cousy, Heinsohn, Russell, Bill Sharman, Frank Ramsey... y también cuentas pendientes con unos playoffs en los que se habían acostumbrado a quedarse muy cortos. Nunca más: en trece años jugaron doce Finales y ganaron once. Solo se quedaron sin disputar la de 1967 (Sixers-Warriors) y sin ganar la de 1958. En ese tramo superaron tres veces a St Louis Hawks (3-1), siete a los Lakers (7-0, seis con la franquicia ya en L.A. y una todavía en Minneapolis) y una a los Warriors, por entonces en San Francisco.

Aunque luego los anillos llegaron en tromba, costó de forma endemoniada romper lo que empezaba a ser una maldición y adquirir el gen ganador que acabó definiendo a la franquicia. Las Finales de 1957 contra los Hawks, las primeras con dos debutantes en la lucha por el anillo desde 1951, fueron una serie abrasadora en la que se jugaron siete partidos, cuatro se resolvieron por dos puntos y el último se fue a dos prórrogas, algo que no ha vuelto a pasar en un séptimo de una Final.

Los Celtics se enfrentaban a los dos jugadores que habían dado por el pick 2 que usaron en Bill Russell (Cliff Hagan y Ed Macauley) y a un por entonces devastador Bob Pettit que promedió en la serie más de 30 puntos y 18 rebotes y se fue a 39+19 en ese séptimo en el que pasó de todo: primero Bob Cousy, aterrado, no tocó ni aro en un tiro libre que habría dado un +3 a los Celtics al final de la segunda prórroga y con cinco segundos por jugar. Un jaque mate en tiempos en los que no había línea de tres. Pero falló, y los Hawks tuvieron un último ataque en el que bordaron lo casi imposible y fallaron lo más sencillo: el entrenador-jugador Alex Hannum lanzó la bola desde su zona de saque contra el tablero de los Celtics, con la esperanza de que el rechace fuera a las manos de Pettit. El hail mary salió sorprendentemente bien... pero a Pettit también le tembló el pulso en un tiro que normalmente metía con los ojos cerrados.

Los Celtics ganaron ese sudado primer anillo pese al 2/20 en tiros de Cousy y el 3/20 de Sharman. Ante el pavor de los veteranos, surgieron los novatos: 19 puntos y 32 rebotes de Russell (22,9 de media en la eliminatoria) y 37 puntos y 27 rebotes de Heinsohn. Fueron campeones casi de milagro y después de la tangana del tercer partido, en el que Sharman juraba y perjuraba que su aro no estaba a la altura reglamentaria, y de las docenas de huevos que le cayeron a Auerbach. Acababa de nacer una dinastía de leyenda, una que solo sufrió un traspiés en 1958 antes de enlazar, algo que ahora parece poco más que ciencia-ficción, ocho títulos consecutivos.

En ese lunar de 1958, y en revancha ante unos Hawks rabiosos, los Celtics cayeron 4-2 después de que Bill Russell se torciera un tobillo en el tercer partido. Una lesión que marcó evidentemente la Final aunque Auerbach no quiso buscar excusas: "Nos han ganado, no hay más". Incluso sin Russell, los Celtics dieron la sorpresa en el cuarto partido para empatar a dos y solo perdieron el quinto y el sexto por dos (100-102) y un punto (110-109). Y después de que Pettit firmara un último encuentro legendario: 50 puntos, entre ellos 19 de los últimos 21 del equipo que ganó el único anillo en la historia de los Hawks y el último de una plantilla sin jugadores afroamericanos. Y que regresó a las Finales para perderlas en 1960 y 1961, las últimas de unos Hawks que no han vuelto a pisarlas. Una racha que no acaba nunca y que solo empeoran los Kings, que no han peleado por el anillo desde 1951.

Jerry West, contra los Celtics
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Jerry West, el logo de la NBA, trata de anotar en un partido ante los Celtics en el mítico Forum de Los Ángeles.

De las cinco primeras Finales, solo unas tuvieron un rival distinto: los Lakers de 1959, todavía en Mineápolis y ya con el mítico Elgin Baylor en nómina. Fue el primero (4-0 incontestable) de la serie de ocho títulos seguidos, todos hasta que Auerbach dejó los banquillos en 1966. Ese tramo de leyenda incluyó el primer duelo Russell-Wilt Chamberlain en unas Finales (1964, 4-1 ante los Warriors de Wilt, Thurmond y Meschery) y cuatro victorias ante unos Lakers que pudieron matar la maldición en el primer duelo desde el traslado a Los Ángeles, en 1962: 4-3 para los Celtics, que ganaron el séptimo 110-107 después de que Frank Selvy (que había anotado dos canastas en los ataques anteriores) fallara a cuatro metros del aro un tiro franco que habría cambiado la historia en el Garden. En vez de eso, los Lakers no fueron campeones hasta 1972, cuando tenían el toque celtic de Bill Sharman y KC Jones en el banquillo, y dejaron pendiente derrotar en unas Finales a los Celtics hasta 1985, ya en el auge del Showtime; los tiempos de Magic Johnson.

En 1962, Elgin Baylor anotó 61 puntos en el quinto partido... pero pudieron más los 40 rebotes en el séptimo de Russell, que cogió en toda la Final 189 (27 de media). En 1965 una lesión de rodilla del propio Baylor dejó sin opciones a los Lakers y un año después, en 1966, los angelinos convirtieron un 3-1 en 3-3 pero perdieron en el séptimo encuentro. Desde entonces, solo se ha llegado a 3-3 desde un 3-1 una vez más en la lucha por el título: en 2016, los Cavs de LeBron James acabaron poniendo un 3-4 histórico después de tres victorias seguidas ante los Warriors del 73-9. Tras el 1-0 de los Lakers en aquella serie del 66, Auerbach anunció (como si quisiera echar carburante para la remontada) que su relevo en el banquillo sería Bill Russell. Para que en la NBA hubiera por primera vez un entrenador afroamericano habían tenido que rechazar el cargo Cousy, Ramsey y Hensohn.

Los Celtics alargaron su dinastía de forma casi improbable con Russell haciendo doblete banquillo-pista. En 1967, los Sixers de Wilt Chamberlain airearon sus vergüenzas con un 4-1 que incluyó 140 puntos en el quinto y decisivo partido, sin rastro del orgullo y la defensa que habían sido señas de identidad de unos Celtics que, sin embargo, ganaron los dos siguientes títulos, los dos ante los Lakers. En 1968, con las Finales ya en mayo, los Lakers perdieron en la prórroga en el quinto, con 2-2 en el Garden, y el sexto en el Forum. Y un año después firmaron una de las mayores pifias de la historia de las Finales. Muy favoritos contra unos Celtics ya casi sin fuerzas, y con el big three Jerry West-Elgin Baylor-Wilt Chamberlain, cayeron 3-4 después de estar 2-0 y 3-2. Un desastre que aireó las obvias desavenencias de las tres estrellas angelinas y el poco control de la situación del entrenador, Butch van Breda Kolff.

Fue el primer año en el que se dio un MVP de las Finales y el único hasta hoy en el que ganador estaba en el bando derrotado: Jerry West, que promedió 38 puntos y más de 7 asistencias y jugó dos formidables partidos (53 y 41 puntos) hasta que Bill Russell ordenó dobles marcajes contra él a partir del tercero. En el cuarto de la serie, los Celtics salvaron (89-88) la vida con una canasta milagrosa de Jones después de que se pitara de forma muy polémica que Elgin Baylor había pisado fuera del campo con los Lakers por delante (87-88) y siete segundos por jugar. En el séptimo partido (106-108) Don Nelson también anotó otro tiro que parecía destinado a quedar en nada y selló una sorpresa descomunal.

Y el desastre de unos Lakers consumidos por su propia maldición (a día de hoy Jerry West sigue odiando el color verde) y por la osadía del entonces propietario, Jack Kent Cooke, que colocó miles de globos en el techo del Forum y repartió flyers con las instrucciones sobre cómo sería la celebración. Ese documento circuló por el vestuario visitante antes del partido, ya con West enfadadísimo con Cooke desde que había salido a calentar y había visto los globos en el techo del pabellón. No había necesidad de tentar demasiado a la suerte, y menos si eras un equipo que, se volvió a demostrar, no tenía ninguna en cuanto aparecía enfrente un coloso verde que acabó ahí, en el dorado Forum y con 11 títulos en 13 años. Nunca nadie ha hecho nada semejante y si hubiera que apostar, lo más fácil es pensar que nadie lo hará. Jamás. Por eso los Celtics son un equipo eterno. Mucho más que una franquicia.

El homenaje del Garden
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El 1 de noviembre de 2006, el Garden homenajeó a Auerbach en el primer partido en el mítico pabellón después de su muerte.

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