Los Angeles Lakers

La guerra en el corazón de los Lakers

Un artículo de Baxter Holmes en ‘ESPN’ detalla los conflictos entre los herederos del mítico Doctor Buss, el propietario que convirtió a los Lakers en un emblema del deporte mundial.

LeBron James, antes de un partido contra los Trail Blazers.
Troy Wayrynen
Juanma Rubio
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
Actualizado a

Dejad a LeBron James fuera de esto”.

Básicamente, ese fue el mensaje con el que Jeanie Buss, a través de Sam Amick (The Athletic), respondió al revuelo, otra vez bajo todos los focos, que sacudió ayer a los Lakers después de un extenso, y en algunas cosas revelador, artículo de Baxter Holmes en ESPN: “No está bien, a la vista de todas las cosas que ha hecho por los Lakers, que hayan arrastrado a LeBron a los dramas de mi familia. Decir que no se le aprecia en la franquicia no es cierto y es totalmente injusto con él”. En un vistazo queda claro que da por bueno todo lo demás (la aplastante mayoría del artículo), y de hecho hay un reconocimiento obvio en eso de “los dramas de mi familia”.

Su mensaje se fija en lo que atañe a LeBron. Una parte mínima del artículo, pero la que (previsiblemente) más ha llamado la atención de casi todos los medios y agregadores de redes sociales. También es obvio que los que hablaron con Baxter Holmes tenían la misma intención: te regalamos esta bomba, una garantía de jaleo. Efectivamente, la mención a LeBron y su agencia, Klutch Sports, es una parte mínima de una pieza en (exprimido) formado longform. Pero es una parte crucial en la guerra que recorre todo el texto. Un disparo contra Jeanie Buss de los que, queda claro al leerlo, han fijado sus mensajes en el artículo. Y no me refiero solo a los obvios, los entrecomillados.

Esta es la parte más mediática, el dardo LeBron que apunta a la línea de flotación de Jeanie Buss (64), que conserva el cargo de gobernadora en unos Lakers que vendió, porque la operación llevaba su firma por los cuatro costados, a Mark Walter, el multimillonario que ha obrado maravillas con los Dodgers en la MLB, por una valoración total de más de 10.000 millones de dólares. Lo nunca visto hasta un punto nunca imaginado: ya era un reseteo en el valor de las franquicias la venta por más de 5.000 de los Celtics solo unos meses antes.

Lo dicho, esto es lo de LeBron: “Fuentes del equipo aseguraron a ESPN que Jeanie se fue volviendo contra la estrella del equipo, LeBron James. En privado se quejaba de su ego desmadrado y del control que él y Klutch ejercían a veces sobre la franquicia. No le gustaba que se considerara a LeBron el salvador de los Lakers tras su fichaje en 2018, ni que se diera por hecho que él eligió la franquicia sin que se valorara el trabajo de los líderes de esta para contratarlo. Las mismas fuentes aseguran que LeBron y su entorno ya habían decidido en 2017 irse a los Lakers. La brecha se abrió todavía más en 2021, después del traspaso por Russell Westbrook. Jeanie considera que tuvo que hacer ese traspaso para satisfacer a LeBron pero que este se lavó las manos a la hora de asumir responsabilidad cuando esa operación acabó en desastre, el equipo terminó la temporada 33-49 y se perdió los playoffs”.

Y hay más: supuestos comentarios de Jeanie en los que flirteaba con la idea de traspasar a LeBron (en 2022), más quejas por su influencia en los Lakers y amargura porque el jugador no había agradecido lo suficiente que la franquicia drafteara a Bronny, su hijo, en 2024 para que ambos pudieran compartir pista y camiseta. Eso dice el artículo y a eso ha respondido Jeanie Buss. Y así queda contado.

Desde luego, parece obvio que ha habido tensiones entre LeBron y los Lakers en una relación que, en todo caso, va camino de los ocho años. Más de lo que ha jugado, en la misma etapa, en ningún equipo. Tampoco parece difícil deducir que, convenientemente, esos asuntos se han apilado, tal vez magnificado y en todo caso utilizado ahora contra Jeanie Buss, cuyo único gran éxito al frente de la franquicia (anillo de 2020 incluido) ha sido, incluido lo malo en el lote, su asociación con Klutch y un LeBron que, al mismo tiempo, nunca había formado parte de una franquicia que pudiera, legítimamente, sentirse más grande que él. Y que, además, hace más o menos un año vivió un fulminante viraje en sus equilibrios de poder con la llegada de Luka Doncic. Los que le han contado todo eso a Holmes eran parte de la franquicia, durante años uña y carne (vínculos de sangre) con Jeanie. Porque decirlo, lo han dicho: la reputación del periodista que firma el artículo es intachable.

Un culebrón muy a la americana

Más allá de este asunto, el que más ruido ha hecho, el artículo es una precisa (aunque inclinada al lado que sí ha querido hablar) y minuciosa travesía por una mezcla de tragedia y culebrón a la americana, un Falcon Crest (los menos jóvenes captarán la referencia) que se ha inyectado los esteroides del mundo del deporte y se ha aplicado la brillantina de Hollywood: la quiebra absoluta de las relaciones entre los hermanos Buss tras la muerte del patriarca, el histórico Doctor Jerry Buss que compró los Lakers en 1979, drafteó a Magic Johnson poco después y construyó el imperio del Showtime. Uno de los propietarios más importantes, e idiosincráticos, de la historia del deporte profesional estadounidense.

Jerry Buss falleció en 2013, con 80 años. Dedicó el final de su vida a intentar que los Lakers, sus Lakers, fueran para siempre de los Buss y cosieran las relaciones entre sus hijos, todos (idiosincrático, insisto) con la letra J: Jeanie, Jesse, Joey, Jim, Johnny y Janie. El spoiler es obvio: la franquicia ha sido todo lo contrario, veneno que ha llevado hasta los extremos más descarnados y sucios la guerra en la familia hasta, algo inimaginable hace unos años, una venta que, tampoco nos engañemos, tiene otras razones de peso aplastante: esa valoración de más de 10.000 millones es una obvia. Es muchísimo dinero. Pero Jeanie, y en eso seguramente no se equivoca, es la que acabó entendiendo que una empresa familiar en la que los Lakers eran el negocio, la fuente de ingresos y no el juguete de los propietarios, estaba dejando de ser competitiva (por mucho que sean-los-Lakers) en una NBA cada vez más poblada de multimillonarios jóvenes, nuevos tipos de fortunas, grupos de inversión…

De hecho, la venta se había barruntado durante años. Alguno de los hermanos se abrió las carnes cuando oyó hablar, y ya ha llovido, de una valoración de 1.000 millones. Los hermanos, con 31 años de diferencia entre el mayor y el menor (otro asunto que no es menor), empezaron a chocar: qué hacer, cómo y cuándo hacerlo, cómo manejar el 66% de los Lakers que poseía la familia y que le permitía controlar una franquicia que el Doctor Buss había comprado por 67,5 millones junto a los Kings (NHL), el (ahora) mítico Forum de Inglewood y un rancho de 1.300 acres del anterior propietario, Jack Kent Cooke. Cuando Johnny le hablaba a su padre de ofertas de mil millones, esta le contestaba divertido: “¿Que qué me gustaría hacer si me dieran mil millones? Comprar los Lakers…”. Y repetía a todos sus hijos que solo tendrían que plantearse vender para hacer algo como comprar Disney World. Pero que estar al frente de los Lakers era mucho más divertido.

Seguramente, Jeanie fue la que mejor entendió qué quería su padre (aunque falló muchas veces en el cómo). No en vano, es también pura historia de los Lakers. Antes de su presentación ante los medios como nuevo jugador de la franquicia y recién llegado a L.A., Magic Johnson pasó por la mansión de Jerry Buss para recoger al que ya era su nuevo jefe y pronto sería también su amigo íntimo. Mientras el patriarca se terminaba de arreglar, una Jeanie de 17 años recibió a Magic, que le dijo que su idea era jugar allí tres años y después marcharse a los Pistons de su Michigan natal. Jeanie subió las escaleras corriendo y le gritó a su padre: “¡Quiere irse a los Pistons, papá!”. Mientras se peinaba, el Doctor Buss le dijo a su hija que no se preocupara: “En cuanto se ponga la camiseta de los Lakers y salga a jugar al Forum por primera vez, no querrá irse jamás”.

Parte del enredo, por resumir el artículo de ESPN, es puro culebrón televisivo. El Doctor Buss, en su deseo de que los Lakers no escaparan de su sangre, dejó establecido un sistema en el que la parte de cada hermano, cuando fueran muriendo, se iría dividida para el resto. Eso disparó la ambición de los (mucho) más jóvenes, Jesse y Joey, que siempre han caminado por su propia orilla y que, de hecho, no eran hijos de la misma madre que los otros cuatro. Esta, JoAnn, la primera mujer de Jerry Buss, le había hecho prometer a su todavía marido que no tendría hijos con nadie más. Fue después de que, muy jóvenes y casi sin recursos, dieran en adopción al primero, una mujer que acabó irrumpiendo en la vida del resto de la familia. Pero el Doctor Buss sí tuvo (Joey y Jesse) dos hijos más con otra mujer. Y eso provocó un recelo, cuando se descubrió aquel acuerdo entre padres, del resto. Y, según el artículo de Holmes, una frase de Jeanie Buss que realmente, aunque el contexto tenga su intríngulis, es muy sonora. Y no en el buen sentido: “Vosotros dos no teníais ni que haber nacido”. Para pintar a Jeanie como una dictadora sin escrúpulos, es perfecta.

Esta, que después de ese golpe de estado tuvo que poner una orden de alejamiento contra sus hermanos, ya le arrebató en 2017 el control de los Lakers a su hermano Jim, al que apartó en un feroz movimiento legal y puso de patitas en la calle junto a Mitch Kupchak, general manager de larguísimo recorrido. Entonces, conviene recordarlo, Kobe Bryant aplaudió el movimiento y llamó a Jeanie “madre de dragones”. Llegaron a la franquicia Magic Johnson, que no duró, y Rob Pelinka, antiguo agente de Kobe que sigue ahí. Un año y pico después, llegó LeBron. Y después Anthony Davis (también de Klutch). Y los Lakers fueron campeones.

Pero la realidad es que Jeanie ha sido una mala gestora. Jim, que no puede irse de rositas, había llevado al equipo a uno de los peores tramos de su historia. Jeanie lo intentó recuperar pero su push, en parte acertado, ha vivido demasiadas zozobras en los últimos años. Encastillada y azotada por acusaciones y críticas (los Lakers ya no tienen el dinero de otros equipos, su gestión es tacaña, sus despachos tienen el sello endémico de su guardia pretoriana y demasiado olor a vieja escuela, no se crean roles esenciales en las organizaciones deportivas modernas…) acabó viviendo bajo una máxima cruel: los amigos son la familia; la familia son los enemigos.

Sombras en la venta a Walter

Cuando Jeanie hizo su purga en 2017, Joey y Jesse estuvieron de su lado, hablaron maravillas de ella, juraron fidelidad eterna y siguieron trabajando en la franquicia, muy queridos por la opinión pública porque se encargaban de algunas de las pocas parcelas deportivas que funcionaban: draft, desarrollo del talento joven… Pero fueron despedidos en el inicio de esta temporada, el portazo a su ambición de, algún día, hacerse con el control de los Lakers. Habían sido, antes, los más críticos con la venta, que acabaron aprobando (fue 6-0 entre los hermanos) porque sabían que, con los otros cuatro en la misma postura, no podían ganar: un 4-2 bastaba según lo establecido por su padre. Antes, habían tanteado la opción de que la familia vendiera solo una parte de su parte, como mucho un 15% de ese 66%. Después, se quejaron de que Jeanie ni siquiera abrió una puja por los Lakers porque, sobre todo, creían que podían haber convencido a un grupo inversor de que se uniera a ellos. Tampoco: otro movimiento en el tablero de Jeanie los barrió del mapa.

Así que ahora el resto de hermanos se preguntan por qué se gestionó así la venta de una franquicia que tenía (de una forma u otra) a todos en nómina y de la que además se llevaban, cada uno, unos 5 millones de dólares al año en el reparto de beneficios. Finalmente, la venta del 50% de su 66%, la que ejecutó Jeanie con Walter, dio a cada hermano unos 500 millones. Algunos, vista esa cifra, cerraron la boca con una sonrisa.

Pero finalmente, o eso dicen ahora, la jugada fue emergiendo: el 17% que les quedó era suficiente (hace falta al menos un 15%) para que Jeanie siguiera como gobernadora, algo que había apalabrado para cinco años a partir de la venta. Walter, que en teoría tendría que querer dejar su impronta cuanto antes y poner a su gente en los cargos de confianza (o en los que eligen a estos), aceptó a pesar de la problemática historia de Jeanie como mandamás. Algunos quieren unir por ahí los puntos: el nuevo propietario dio el para asegurar que la franquicia no pasara por un proceso de venta que habría animado a otros aspirantes. Alguno de los hermanos, de hecho, cree que se podría haber llegado a una valoración de 12.000 millones. Además, el círculo más íntimo de Jeanie (el matrimonio Rambis, Kurt y Linda, siempre a la cabeza) se llevó unos bonus de, según el caso, 24 u 8 millones. Los (ay...) dos números con los que jugó Kobe.

En total, se repartieron unos 114 millones en esos bonus, siempre según Holmes, de los que el resto de hermanos no vieron nada y que, en teoría, garantizaron la venta que quería Walter y la transición a la que aspiraba a Jeanie, otra vez reina madre; la que siempre sobrevive y, guste más o menos, la que mejor se mueve (a estas alturas parece claro) en las (feísimas) artes de una guerra política que está en las antípodas de lo que quería el Doctor Buss. Y que ahora vuelve a acaparar titulares en la NBA… con la ayudita de unos cuantos dardos con LeBron James como protagonista. “No creo que a mi padre le haría feliz ver cómo han acabado las cosas. Ni mucho menos”, dice Janie, la cuarta de los seis por edad, la última hija de JoAnn.

La (histórica) trascendencia del Doctor Buss

Desde el traslado a Los Ángeles y por culpa de los odiados Celtics, los Lakers se habían convertido en una franquicia acostumbrada a perder. Al menos, hasta el exorcismo de 1972, el histórico equipo de Jerry West y Wilt Chamberlain, el de las 33 victorias seguidas. Los Celtics consiguieron que West, un logo de la NBA que también acabó repudiado por el entorno de Jeanie Buss, se retirara con ocho Finales perdidas de nueve disputadas. Y que odiara de forma obsesiva el color verde. West, precisamente, también había sido el encargado de entrenar a los Lakers en tres años (1976-79) de baloncesto monocorde (balones a Kareem) y con un entusiasmo tan bajo como el que su técnico tenía por un cargo que sentía como una obligación impuesta. Una franquicia zombie que había aprovechado su llegada a la soleada California en 1960 para hacerse con gigantes históricos como Wilt Chamberlain y Kareem Abdul-Jabbar, pero que solo había añadido un título en su nuevo destino a los cinco ganados a lomos del primer gran pívot dominador, George Mikan, en los años 50.

Tras nacer en Minnesota como retoño de un equipo que había tirado la toalla en Detroit (los Gems de la NBL), y con un nombre que quedaría completamente descontextualizado a cuestas (en L.A. no hay ni un solo lago), los Lakers hicieron una mudanza de más de 3.000 kilómetros de la mano de un propietario nacido en Mineápolis pero preocupado por el hundimiento de la asistencia al pabellón tras la retirada de Mikan. Bob Short, que hizo carrera política con el partido demócrata, se había hecho con el equipo en 1957 y lo vendió en 1965, ya en California y simplemente porque alguien accedió a pagar el precio desorbitado que había fijado para, todavía con dudas sobre qué hacer, espantar a los pretendientes: 5,1 millones de dólares por una franquicia que seguía perdiendo Finales con los Celtics pero que en la temporada 1964-65, antes de la venta, había ganado más de medio millón de dólares. Un lujo en aquella NBA, una muestra de que el mercado de Los Ángeles siempre merece una inversión.

El comprador fue Jack Kent Cooke, un canadiense que se había afincado en Beverly Hills y que empezó viendo a los Lakers como poco más que un salvoconducto hacia su verdadero sueño: llevar la NHL a California. Considerado un genio de los negocios, era en la distancia corta un personaje complicado y de trato muchas veces abusivo, sobre todo a raíz de un fallo cardíaco masivo que sufrió en 1973. Cooke era un maestro de las ventas, un pionero en el marketing. Bajo su gobierno, los Lakers empezaron a tener noches de 3 entradas por 1, pase gratis para las embarazadas que acudían con sus maridos o acceso libre para quienes asistieran a un partido con un gato negro si caía en viernes 13. En 1967, ya tenía a sus Kings en marcha después de pagar a la NHL dos millones de dólares y de levantar en la decrépita Inglewood, a 21 kilómetros del downtown de L.A., el Forum. Una inversión de 16 millones para construir un pabellón circular que acabaría siendo legendario, con sus icónicas columnas y su ya por entonces gusto por lo ostentoso: "será la mayor construcción desde el Coliseo de Roma, en 200 o en 2000 años dirán que esta fue una de las grandes obras arquitectónicas del siglo XX“, dijo Cooke, que se había criado entre una pobreza extrema y que a los 32 años ya había hecho su primer millón de dólares a base de comprar y relanzar emisoras de radio y revistas en apuros económicos.

Sin noción alguna sobre baloncesto pero brillante en la gestión empresarial, durante sus catorce años al frente de los Lakers solo vivió tres temporadas con balance perdedor, jugó seis Finales, aunque solo ganó la de 1972, y acabó con un registro de 673 victorias y 472 derrotas. A finales de los 70, a pesar de esta notable hoja de servicios, la venta de los Lakers parecía inevitable. Cooke se había mudado a Las Vegas, entre otras cosas porque allí los tribunales protegían con más munición legal sus propiedades, sitiadas por su mujer en un proceso de divorcio monstruoso que se extendió durante dos años y medio y de punta a punta de más de 12.000 páginas de documentación.

Considerado el hombre más poderoso del deporte, defendía la mitad de una fortuna que se valoraba en más de 100 millones de dólares de la que todavía era su esposa mientras acunaba la idea de romper todos los vínculos con California y centrarse en su nuevo retoño predilecto: los Redskins de la NFL, de los que se había convertido en propietario principal en 1974. Para entonces, había saldado con el título de 1972 su gran cuenta pendiente en los Lakers, especialmente después del desastre histórico de 1969, cuando los Celtics de Bill Russell (ya entrenador-jugador sin Red Auerbach) ganaron su undécimo anillo en trece años, viejos y agotados, a costa de unos Lakers ultra favoritos y que presumían de big three: Jerry West, Elgin Baylor, Wilt Chamberlain.

Pero que volvieron a perder, también con su nuevo trío de superhéroes. Después de desperdiciar mil ocasiones para poner la Final de su lado y en un séptimo partido en Los Ángeles en el que Cooke cometió un error que es historia del deporte estadounidense y que hizo montar en cólera a Jerry West desde el calentamiento. El propietario, en un ataque de soberbia que no cuadraba con los precedentes, colocó en el techo del Forum miles de globos amarillos y morados con la inscripción “World Champions Lakers”. Además, ordenó que se repartieran flyers con las instrucciones detalladas de la celebración: “Cuando, y es cuando y no si, los Lakers ganen el título, los globos caerán del techo, la banda de la Universidad de South California tocará "Happy Days Are Here Again" (los días felices han vuelto) y el locutor Chick Hearn entrevistará, por este orden, a Elgin Baylor, Jerry West y Wilt Chamberlain".

Esos flyers llegaron como obvio combustible motivacional al vestuario de los orgullosos Celtics. Durante el calentamiento, Bill Russell señaló con el dedo a las redes que colgaban del techo y le dijo a West que “esos putos globos” se iban a quedar donde estaban. Sus inagotables Celtics, que ya habían ganado de milagro y con polémica un cuarto partido del que deberían haber salido con un letal 3-1 en contra, se llevaron la victoria y dejaron al Forum sin fiesta. Don Nelson, el que luego se convertiría en el entrenador con más victorias en la NBA (1.335), anotó una afortunada canasta decisiva. Y los globos se quedaron en el techo: los Lakers habían perdido su séptima Final contra los Celtics en una década. La más dolorosa de todas.

Pero precisamente, y esa conjunción cambió para siempre la historia del deporte en Estados Unidos, mientras a Cooke se le agotaban las ganas de seguir al frente de los Lakers crecía la ambición de Jerry Buss, que acababa de cumplir cuarenta años y trataba de convertir en una sensación a sus LA Strings, el equipo del World Team Tennis que fue su experiencia probeta en el deporte profesional. Claire Rothman, directiva de los Lakers y vicepresidenta del Forum, ejerció de Celestina con un rol entre bastidores que transformó la NBA para siempre. Harta de los abusos verbales y el comportamiento cada vez más irascible y errático de Cooke, se reunió con Buss para ofrecerle fechas libres del Forum en las que podría organizar sus eventos de tenis.

En un abrir y cerrar de ojos había puesto en contacto a los dos magnates; y el 27 de mayo de 1979 se había hecho oficial una complejísima venta de los Lakers, los Kings, el Forum y, de rebote, el rancho Raljon, otra propiedad de la que quería deshacerse Cooke. Buss pagó a título personal 24 millones por los Lakers y los Kings, y junto a sus socios se hizo por otros 43,5 millones con el Forum y ese Raljon Ranch de Bakersfield. Además, asumieron 10 millones de hipoteca del pabellón y movieron propiedades “como si fueran cromos”, en palabras de quienes vivieron una transacción en la que Cooke, por ejemplo, se quedó con el icónico edificio Chrysler de Nueva York y su nueva pareja recibió de regalo una casa en Las Vegas.

Cooke hizo un último servicio a los Lakers cuando convenció al resto de propietarios de que aprobaran una operación que estuvo casi vetada. En tiempos en los que la NBA generaba poco dinero pero sus propietarios usaban esa distinción como una seña de categoría social, preocupaba que el carácter estruendoso y mujeriego de Buss afeara todavía más la imagen de una liga acosada por la falta de público y los problemas de drogas y la desafección de unos jugadores que eran solo profesionales... en el peor sentido de la palabra. Cuando Cooke recibió el visto bueno de sus iguales, Buss se sentó en la pista del Forum con una botella de Jack Daniels y solo una luz del marcador encendida. Y bebió hasta que acabó gritando "esto es mío. ¡Esto es mío, joder!“. La NBA, nadie lo sabía por entonces, acababa de cambiar para siempre.

De la maldición al Showtime

Jerry Buss se parecía a Cooke, casi en nada más, en que había tenido una infancia difícil y en que se había hecho a sí mismo cambiando el guion de una vida que no parecía tener grandes cimas en el horizonte. Nacido en Salt Lake City, pasó por California y maduró en Keemerer, un recóndito pueblo de menos de 3.000 habitantes en Wyoming. Allí trabajó en las vías del ferrocarril, una labor de jornadas duras y con tres o cuatro peleas al día, hasta que se centró definitivamente en los estudios gracias al profesor Walter Garrett, con el que se fue a vivir harto de tener problemas con su padrastro. Brillante ("nunca entregó un examen con un error“) se sacó el título de química en dos años y medio y, entre partidas de póker en las sacaba dinero de 50 en 50 dólares a sus propios profesores, se mudó a Los Ángeles y completó su doctorado en una Universidad de South California (USC) de cuyos equipos se hizo devoto, del icónico football al atletismo.

De carácter radicalmente opuesto al de Cooke, era un vividor al que le gustaban la noche y las mujeres y lucía un look duro que hizo que le ofrecieran ser hombre Marlboro en los anuncios de la marca de tabaco: tejanos, camisa abierta hasta la mitad del pecho... de incuestionable encanto personal (otra vez: la antítesis de Cooke), hizo fortuna en el negocio inmobiliario de Los Ángeles gracias a la aportación económica inicial del que sería su socio durante años, el ingeniero aeronáutico Frank Mariani. En el primer fondo que crearon ponían cada uno 83 dólares al mes para hacerse con un depauperado bloque de catorce apartamentos que fue la primera piedra de un imperio. Pronto, negociando con los bancos por inmuebles embargados, habían convertido esa modesta posesión inicial en más de 700 propiedades en California, Arizona y Nevada.

Buss, que acumuló por ello divorcios, se movía por Los Ángeles con una mujer en cada brazo, generalmente más jóvenes que él (más a media que cumplía años) y con un canon de belleza idéntico al que expandía la cultura Playboy. Su estilo se consideraba “vieja escuela de Hollywood”: regalaba a sus citas vestidos y zapatos caros que ellas se ponían para dejarse ver con él por los mejores locales de Los Ángeles. Y en su dormitorio guardaba como una especie de trofeo, un secreto que nunca aireó ni usó para otros fines, álbumes con fotos de todas las mujeres con las que había salido.

Antes de hacerse con los Lakers, había tanteado entrar en la ABA (San Diego Conquistadores, Los Angeles Stars) y en la MLB (White Sox, Athletics). Pero acabó en una NBA que se temía lo peor, en tiempos de grave crisis de imagen pública y con las franquicias cambiando de ciudad en busca de pastos que nunca acababan siendo más verdes: los Braves de Buffalo a San Diego (pasaron a ser los Clippers), los Jazz de Nueva Orleans a Salt Lake City...

Todo cambió con Buss, que convirtió a los Lakers en una extensión de su personalidad: arrolladora, magnética y movida por impulsos de pura adrenalina. Él es el propietario que transformó el concepto de franquicia y las noches de partido, coreografías de un espectáculo integral que derivó en el mítico Showtime, el punto álgido y febril de una vida social de Los Ángeles que empezaba en las gradas, seguía por la pista al ritmo del recién llegado Magic Johnson y acababa en el club nocturno del propio pabellón, donde se barajaban las cartas de las estrellas de Hollywood y donde apenas se dejaban ver las parejas de los jugadores. Todo el Forum era, o eso se decía entonces, “un gran pub de moda con canastas”.

El Doctor Buss se sentía como un niño nerviosamente feliz cuando los Lakers jugaron (el 16 de octubre) su primer partido en L.A. con él como propietario: 105-96 a los Bulls en aquel año rookie de Magic, 1979-80. Con el director de promociones Roy Englebrecht como compañero ideólogo, fue tejiendo un guion que descartó el organillo y metió en directo a la banda universitaria de USC e introdujo a las Lakers Girls, adaptando por primera vez para la NBA el exitoso formato de cheerleaders de los emblemáticos Dallas Cowboys (NFL). Después de un mes de ensayos secretos y preparación, Englebrecht gritó "código rojo" por su walkie y las animadoras irrumpieron mientras el speaker gritaba "The Laker Girls!!!“. El impacto fue sísmico y los partidos de una NBA hasta entonces previsible y aburrida pasaron a ser algo muy parecido a lo que son hoy... y una cita imprescindible del ocio en la ciudad del ocio, la dorada Los Ángeles de los años 80.

Los Lakers ya habían ganado y fichado a grandes estrellas antes de Jerry Buss, pero es imposible separar la esencia de ambos, una unión perfecta que maridó en los fogones de neón de Hollywood. El Doctor Buss lideró la franquicia casi hasta su muerte, en 2013. La mantuvo como un éxito permanente, primero siendo confidente y compañero de andanzas de Magic Johnson y después lidiando con el éxito conflictivo de Kobe Bryant, Shaquille O’Neal y Phil Jackson. Así fue hasta que su familia heredó el imperio… y el resto es una historia con lo peor de las guerras de poder y del odio entre hermanos. Puro culebrón aunque, en realidad, mucho más que simplemente eso.

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